La tarde estaba cayendo cuando Clara escuchó el sonido.
Al principio pensó que era una rama golpeando contra otra.
Después volvió a escucharlo.
Un gemido.
Muy débil.
Clara se detuvo en mitad del sendero y miró hacia los árboles.
Tenía once años y conocía aquel bosque bastante bien. Su abuelo solía llevarla allí cuando era pequeña. Le había enseñado a reconocer los caminos, las huellas de los animales y los lugares donde debía tener cuidado.
Pero nunca había escuchado algo parecido.
El sonido volvió.
Esta vez era imposible confundirlo.
Era el llanto de un animal.
Clara apartó unas ramas y avanzó unos metros.
Entonces lo vio.
Un pequeño cachorro de oso estaba atrapado entre las hojas húmedas.
Una trampa metálica se había cerrado alrededor de una de sus patas delanteras.
El animal intentaba liberarse, pero cada movimiento parecía empeorar la situación.
Clara sintió miedo.
Sabía que un oso podía ser peligroso.
Pero aquel cachorro era demasiado pequeño.
Estaba temblando.
Sus ojos buscaban ayuda.
Y Clara no pudo marcharse.
—¡No te muevas! —susurró.
El cachorro gruñó débilmente.
Clara se arrodilló.
Miró la trampa.
Era una pieza de metal oxidado, claramente colocada allí por alguien.
No era un accidente.
Alguien había dejado aquella trampa en medio del bosque.
Y aquel pequeño animal había sido quien terminó pagando el precio.
Clara respiró profundamente.
—Te voy a sacar.
Agarró el mecanismo.
Estaba duro.
Tiró.
Nada.
Volvió a intentarlo.
El metal no cedía.
El cachorro comenzó a moverse desesperadamente.
—¡No! ¡Quieto!
Clara intentó sujetarlo con cuidado.
Sus manos temblaban.
Tenía miedo de que el animal la mordiera.
Pero también tenía miedo de dejarlo allí.
Entonces encontró una rama gruesa.
La introdujo debajo del mecanismo y comenzó a hacer palanca.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Finalmente escuchó un fuerte chasquido.
La trampa se abrió.
El cachorro cayó sobre las hojas.
Clara retrocedió inmediatamente.
Esperó.
El pequeño oso no se movió durante unos segundos.
Después levantó lentamente la cabeza.
Seguía vivo.
Clara sonrió.
—Ya está…
Pero en ese momento vio algo junto a la trampa.
Un objeto metálico sobresalía del barro.
Clara se acercó.
Era un viejo reloj de bolsillo.
Lo recogió.
Estaba cubierto de tierra y tenía varios arañazos.
La tapa exterior estaba grabada con un pequeño símbolo.
Clara lo limpió con la manga.
Después abrió el reloj.
Dentro había una fotografía diminuta.
La imagen estaba descolorida por los años.
Aparecía un hombre joven.
Clara frunció el ceño.
No sabía quién era.
Pero había algo familiar en aquel rostro.
Demasiado familiar.
Volvió a mirar al cachorro.
El animal estaba de pie.
Había recuperado un poco de fuerza.
Clara sonrió.
—¿Era de alguien que conocías?
El cachorro no respondió.
Por supuesto.
Solo la miró.
Entonces ocurrió algo extraño.
El pequeño oso dejó de caminar.
Levantó la cabeza.
Miró detrás de Clara.
Y se quedó completamente inmóvil.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Qué pasa?
No recibió respuesta.
El bosque se había quedado en silencio.
Ni un pájaro.
Ni una rama.
Ni siquiera el viento.
Clara giró lentamente.
Al principio no vio nada.
Después aparecieron dos ojos entre los árboles.
Grandes.
Oscuros.
Inmóviles.
Clara dejó de respirar.
Otro par de ojos apareció más atrás.
Y otro.
Y otro.
Había varios osos.
Adultos.
Clara retrocedió.
El reloj seguía en su mano.
Uno de los osos salió de entre los árboles.
Era enorme.
Su cuerpo parecía llenar todo el espacio entre los troncos.
Clara apretó el reloj contra su pecho.
No quería correr.
Sabía que correr podía empeorar las cosas.
El oso avanzó lentamente.
Un paso.
Después otro.
El cachorro se acercó a él.
El adulto bajó la cabeza y olfateó al pequeño.
Clara esperaba que el animal se marchara con su cría.
Pero no ocurrió.
El oso levantó la cabeza.
Y miró directamente el reloj.
Clara lo notó.
—¿Qué…?
Bajó la mirada.
Observó nuevamente la pequeña fotografía.
El hombre de la imagen.
Después miró al oso.
Algo no encajaba.
Entonces vio un detalle en la fotografía.
Una pequeña cicatriz en la mano del hombre.
Clara conocía esa cicatriz.
La había visto muchas veces.
En fotografías familiares.
En recuerdos antiguos.
En la mano de su abuelo.
Clara sintió que el corazón se le aceleraba.
—No puede ser…
Miró nuevamente al oso.
El animal dio otro paso.
Clara retrocedió.
El cachorro permanecía junto a él.
Los otros osos observaban desde los árboles.
Y entonces Clara comprendió que aquel reloj no había sido abandonado allí por accidente.
Alguien lo había dejado junto a la trampa.
Alguien quería que fuera encontrado.
Pero ¿por qué?
Clara apretó el reloj.
—Ese hombre…
Su voz apenas salió.
El enorme oso siguió avanzando.
Clara tragó saliva.
—Ese hombre era mi…
Y entonces se quedó en silencio.
Porque detrás de ella se escuchó el crujido de una rama.
Clara giró lentamente la cabeza.
Había alguien más en el bosque.
Alguien que había estado observándola.
Y esa persona acababa de pronunciar su nombre.
—Clara…
La niña cerró los ojos durante un instante.
El reloj comenzó a temblar entre sus dedos.
Ahora sabía que la trampa, el reloj y aquellos osos no eran tres cosas diferentes.
Formaban parte de la misma historia.
Una historia que su familia había ocultado durante años.
Y la persona que estaba detrás de ella parecía saber exactamente dónde había encontrado el reloj.
Pero antes de que Clara pudiera darse la vuelta…
el enorme oso soltó un gruñido.
Todos los demás levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Y el bosque volvió a quedarse completamente en silencio.