El río siempre había sido el lugar donde Daniel se sentía más tranquilo.
Durante años había llevado allí a Luna, su yegua de color castaño, para descansar después de largas jornadas de trabajo. Conocía cada curva del camino, cada árbol y cada piedra que sobresalía cerca de la orilla.
También conocía a Luna.
Sabía cuándo estaba cansada.
Sabía cuándo algo la había asustado.
Sabía cuándo simplemente no quería obedecer.
Pero aquella tarde fue diferente.
Daniel había salido temprano de casa. El cielo estaba despejado y el sol comenzaba a bajar detrás de los árboles. El camino hasta el río estaba seco, tranquilo y familiar.
Luna caminaba detrás de él con pasos tranquilos.
Todo parecía normal.
Hasta que llegaron al agua.
Apenas vio el río, Luna se detuvo.
Daniel siguió caminando unos pasos antes de darse cuenta de que la yegua ya no lo acompañaba.
Se volvió.
—Vamos, Luna.
La yegua no se movió.
Daniel tiró suavemente de las riendas.
Nada.
Luna levantó la cabeza.
Sus orejas apuntaron hacia el agua.
Daniel miró el río.
No vio nada.
La corriente avanzaba lentamente entre las piedras.
—No empieces otra vez.
Luna había tenido miedo del agua desde que Daniel la conocía. No era algo extraño. Muchos caballos necesitan tiempo para acostumbrarse a los ríos y arroyos, especialmente cuando el agua está en movimiento y el fondo no puede verse con claridad.
Pero aquella vez no parecía simplemente asustada.
Parecía estar escuchando.
Daniel avanzó un poco.
Luna retrocedió.
—Vamos.
Volvió a intentarlo.
La yegua retrocedió todavía más.
Entonces ocurrió algo extraño.
Luna levantó una pata delantera y golpeó el agua.
¡Splash!
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo?
La yegua volvió a golpear.
Esta vez con más fuerza.
El agua saltó sobre sus patas.
Después bajó la cabeza.
Sus ojos permanecieron fijos en un punto concreto del río.
Daniel sintió un pequeño escalofrío.
—¿Qué estás viendo?
Luna no respondió, por supuesto.
Pero tampoco apartó la mirada.
Daniel conocía perfectamente aquel comportamiento.
No era el miedo habitual que mostraba ante el agua.
Era concentración.
Como si hubiera encontrado algo.
La yegua dio un paso hacia adelante.
Daniel la siguió.
El agua apenas llegaba a sus tobillos.
Luna volvió a detenerse.
Respiró profundamente.
Después dio otro paso.
Daniel sintió que las riendas se tensaban entre sus manos.
—Tranquila…
La yegua continuó.
Por primera vez, no parecía necesitar que Daniel la guiara.
Era ella quien lo estaba llevando.
Entraron un poco más en el río.
El agua llegaba ahora hasta las rodillas de Luna.
Daniel miró hacia abajo.
No veía nada.
Solo agua turbia.
Piedras.
Sombras.
Entonces Luna golpeó nuevamente el agua.
Daniel retrocedió un paso.
—¡Luna!
La yegua levantó la cabeza.
Durante un segundo se quedó completamente inmóvil.
El viento dejó de sentirse.
Los pájaros parecieron desaparecer.
Solo quedó el sonido del río.
Daniel siguió la dirección de sus ojos.
Algo blanco había aparecido debajo de la superficie.
Fue apenas un instante.
Después desapareció.
Daniel sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Espera…
Luna avanzó.
Daniel quiso detenerla.
Pero la yegua bajó la cabeza y metió el hocico en el agua.
Movió una piedra.
Después otra.
Y entonces tiró de algo.
Una tela.
Daniel se agachó.
Luna levantó la cabeza.
Entre sus dientes llevaba una pequeña manta infantil.
Estaba empapada, cubierta de barro y hojas.
Daniel dejó de respirar.
La manta cayó a sus manos.
Durante unos segundos no dijo nada.
La miró.
Una esquina estaba desgastada.
Había una pequeña costura azul.
Y en uno de los bordes todavía podía verse un dibujo de una estrella.
Daniel conocía aquella manta.
La había comprado muchos años atrás.
Para su hija.
Su hija, Sofía.
Daniel cerró los ojos.
Habían pasado seis años desde la desaparición de Sofía.
Seis años desde aquel día que había cambiado su vida para siempre.
Sofía tenía siete años.
Habían ido a pasar una tarde cerca del río.
Daniel recordaba cada detalle.
El cielo.
El calor.
La cesta de comida.
La risa de su hija.
Y aquella pequeña manta azul que Sofía llevaba siempre consigo.
Después había ocurrido algo que Daniel todavía no podía explicar.
Sofía desapareció.
Durante semanas, decenas de personas buscaron alrededor del río.
Policías.
Voluntarios.
Vecinos.
Familiares.
No encontraron nada.
Ni una pista.
Ni una prenda.
Ni siquiera la manta.
Con el tiempo, la búsqueda terminó.
Daniel nunca aceptó que aquello fuera el final.
Pero tampoco había tenido respuestas.
Hasta ahora.
Sostenía la manta entre las manos.
Estaba temblando.
—No puede ser…
Luna lo observaba.
Daniel pasó los dedos sobre la pequeña estrella azul.
Reconocía cada hilo.
Era la manta de Sofía.
No había ninguna duda.
Pero eso significaba algo imposible.
Si la manta había estado allí durante seis años, ¿por qué nadie la había encontrado?
Daniel levantó lentamente la mirada hacia el río.
La corriente parecía completamente normal.
Luna, en cambio, no estaba mirando la manta.
Estaba mirando hacia un lugar más profundo.
Daniel siguió sus ojos.
—¿Qué hay ahí?
La yegua dio un paso.
Daniel avanzó detrás de ella.
Entonces Luna se detuvo nuevamente.
Sus orejas apuntaron hacia la otra orilla.
Daniel entrecerró los ojos.
No había nadie.
Solo árboles.
Ramas.
Sombras.
Y una pequeña zona de tierra húmeda.
Daniel sintió que algo no encajaba.
Miró otra vez la manta.
Después miró a Luna.
—¿Cómo encontraste esto?
La yegua bajó lentamente la cabeza.
Daniel avanzó hacia el punto que estaba observando.
Cada paso hacía que el agua le cubriera un poco más las botas.
Entonces vio algo.
Una marca.
No en el agua.
En el barro de la otra orilla.
Una huella humana.
Daniel se quedó inmóvil.
Había otra.
Y otra.
Todas conducían desde el río hacia los árboles.
Alguien había estado allí recientemente.
Daniel sintió que la respiración se le aceleraba.
Se volvió hacia Luna.
La yegua seguía mirando hacia los árboles.
Entonces ocurrió algo que Daniel nunca olvidaría.
Luna levantó la cabeza y relinchó.
No fue un relincho de miedo.
Fue una llamada.
Como si estuviera intentando avisar a alguien.
Daniel miró nuevamente hacia la oscuridad entre los árboles.
—¿Hay alguien ahí?
Nadie respondió.
Dio otro paso.
La manta seguía apretada entre sus dedos.
Entonces escuchó un sonido.
Muy débil.
Un crujido.
Daniel se quedó quieto.
Luna también.
El sonido volvió a escucharse.
Esta vez más cerca.
Daniel sintió que todo su cuerpo se tensaba.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Después, una rama se movió.
Daniel miró fijamente entre los árboles.
No pudo distinguir ningún rostro.
Pero vio algo colgando de una rama.
Algo pequeño.
Algo que brillaba bajo la luz del atardecer.
Se acercó lentamente.
Era un pequeño colgante.
Daniel lo reconoció inmediatamente.
Sofía lo llevaba alrededor del cuello el día que desapareció.
La manta cayó de sus manos.
Daniel sintió que las piernas dejaban de responderle.
Miró a Luna.
La yegua no apartaba los ojos del bosque.
Y entonces Daniel comprendió algo que lo aterrorizó.
La manta no había sido encontrada al azar.
Luna no había entrado al río por accidente.
Alguien había dejado esas cosas allí.
Y quizá alguien quería que él las encontrara.
Daniel levantó la mirada.
Entre los árboles volvió a escucharse un ruido.
Esta vez parecía una voz.
Muy baja.
Casi imposible de escuchar.
Daniel dio un paso hacia ella.
—¿Sofía…?
La voz volvió a escucharse.
Daniel se quedó paralizado.
No sabía si realmente había oído su nombre.
No sabía quién estaba allí.
Y todavía no sabía qué había ocurrido seis años atrás.
Pero por primera vez desde la desaparición de su hija, tenía algo que nunca había tenido:
una pista.
Y Luna parecía saber exactamente dónde encontrar la siguiente.
Daniel avanzó hacia los árboles.
La yegua lo siguió.
Detrás de ellos, el río continuó corriendo como si nada hubiera ocurrido.
Pero bajo aquella agua todavía podía esconderse la respuesta que Daniel había estado esperando durante seis años.