El reloj cayó al suelo con un sonido seco.
Durante un instante, nadie dijo nada.
El anciano permaneció inmóvil, mirando el pequeño reloj plateado entre las baldosas del hospital. Una de sus manos todavía estaba extendida hacia él, como si pudiera protegerlo a distancia.
Frente a él, el guardia de seguridad seguía respirando con fuerza.
—¡Usted no puede llevárselo! —había gritado segundos antes.
Ahora, sin embargo, el hombre mayor parecía no escuchar.
Se llamaba Manuel.
Tenía setenta y dos años y había pasado buena parte de su vida trabajando con las manos. Sus dedos eran gruesos, marcados por años de trabajo, pero aquel día temblaban como los de un niño.
Se agachó lentamente.
Recogió el reloj.
Lo sostuvo contra su pecho.
—Es de mi hijo —dijo con una voz apenas audible.
El guardia negó con la cabeza.
—Ese reloj fue robado.
Algunas personas que esperaban en la recepción comenzaron a mirar.
Una mujer apartó la vista.
Un hombre murmuró algo detrás de Manuel.
Nadie conocía su historia.
Nadie sabía por qué aquel reloj significaba tanto.
Y, sobre todo, nadie sabía que Manuel había viajado durante casi tres horas aquella mañana solamente para recuperar aquella pequeña pieza de metal.
El reloj había pertenecido a su hijo, Daniel.
Daniel había muerto ocho meses antes.
Tenía treinta y cuatro años.
Durante toda su vida, Manuel había guardado pocas cosas de él. No porque no quisiera conservar recuerdos, sino porque Daniel nunca había sido un hombre de objetos.
No coleccionaba fotografías.
No compraba regalos caros.
No escribía cartas largas.
Decía que los recuerdos estaban en la cabeza y que no necesitaba una casa llena de cosas para recordar a alguien.
Pero había una excepción.
Aquel reloj.
Daniel lo había recibido de su propio padre cuando terminó sus estudios.
Manuel todavía recordaba el día.
Daniel tenía veintidós años y estaba convencido de que algún día conseguiría un trabajo importante. Había abrazado a su padre y le había prometido:
—Algún día te compraré uno nuevo.
Manuel había sonreído.
—Este funciona perfectamente.
Daniel había insistido.
—No importa. Te compraré uno de oro.
Nunca lo hizo.
Años después, Manuel seguía usando aquel reloj.
Hasta que Daniel murió.
Después del funeral, Manuel dejó de darle cuerda.
Guardó el reloj en un pequeño cajón.
No podía mirarlo.
Cada vez que lo hacía, recordaba la voz de su hijo.
Pero ocho meses después, Manuel recibió una llamada inesperada.
Le dijeron que algunas pertenencias de Daniel habían sido recuperadas y que podía recogerlas en el hospital.
Por eso estaba allí.
Por eso había llevado aquel reloj.
No quería perderlo.
No otra vez.
El problema era que, al llegar a la recepción, el guardia había visto el reloj y había reconocido la descripción de un objeto que, según él, había sido reportado como robado.
Manuel intentó explicar que el reloj pertenecía a su hijo.
El guardia no quiso escucharlo.
—Necesito que se retire.
—Solo quiero recoger las cosas de Daniel.
—Ya se lo he dicho. Ese objeto no puede salir de aquí.
Manuel intentó enseñarle unos documentos.
El guardia los miró apenas unos segundos.
Después señaló la puerta.
—No haga esto más difícil.
Y entonces tomó el reloj.
Lo que sucedió después fue tan rápido que Manuel apenas pudo reaccionar.
El guardia lo golpeó contra el suelo.
La pequeña tapa posterior se abrió.
Manuel se agachó inmediatamente.
—Con cuidado…
Era la primera vez que levantaba la voz.
No por miedo.
Por dolor.
El guardia iba a recoger el reloj cuando Manuel vio algo dentro.
Una pequeña fotografía.
El golpe había abierto un compartimento que él nunca había visto.
Manuel dejó de respirar durante un segundo.
Sacó la fotografía con dedos temblorosos.
Era Daniel.
Pero no era una fotografía familiar.
Daniel llevaba uniforme de hospital.
Estaba mucho más joven.
Y estaba junto a otra persona.
Manuel levantó lentamente la mirada.
El guardia había visto la fotografía.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía enfadado.
Parecía aterrorizado.
—¿Dónde consiguió usted esa foto…? —preguntó.
Manuel lo miró.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Mi hijo me dijo que usted…
Y se detuvo.
Porque de repente recordó las últimas palabras que Daniel le había dicho antes de morir.
Aquella noche, Daniel había ido a casa de su padre.
Parecía preocupado.
Manuel le había preguntado qué ocurría.
Daniel había respondido que había descubierto algo que no debía haber descubierto.
Manuel no entendió.
—¿Qué cosa?
Daniel miró hacia la puerta.
Después sacó el reloj.
—Si algún día me pasa algo, papá, no dejes que nadie se quede con esto.
Manuel había pensado que hablaba del reloj.
Ahora ya no estaba seguro.
Daniel había tocado la parte posterior del reloj.
—Hay algo внутри.
Pero nunca terminó la explicación.
Al día siguiente, murió.
Durante ocho meses, Manuel creyó que aquella conversación había sido una coincidencia.
Ahora, frente al guardia, comprendía que quizá no lo había sido.
El guardia miraba fijamente la fotografía.
—¿Quién le dio eso? —preguntó.
Manuel apretó el reloj entre sus dedos.
—Daniel.
El hombre dio un paso atrás.
Y por primera vez, Manuel vio miedo en sus ojos.
No miedo al anciano.
Miedo a lo que aquella fotografía podía revelar.
—¿Qué le dijo exactamente su hijo? —preguntó el guardia.
Manuel no respondió.
Miró nuevamente la fotografía.
Había una tercera persona apenas visible en el fondo.
Una persona que Manuel no reconocía.
Pero el guardia sí.
Eso era evidente.
El silencio se volvió insoportable.
—Usted lo conocía —dijo Manuel finalmente.
El guardia tragó saliva.
—No sabe lo que está diciendo.
—Mi hijo pronunció su nombre.
El rostro del guardia perdió completamente el color.
A su alrededor, las personas comenzaron a darse cuenta de que algo mucho más serio estaba ocurriendo.
Una enfermera se acercó.
—¿Qué sucede aquí?
El guardia no respondió.
Manuel levantó la fotografía.
—Quiero saber la verdad.
El guardia miró la imagen.
Luego miró al anciano.
Y finalmente dijo algo que hizo que Manuel dejara de respirar:
—Su hijo no murió por accidente.
Manuel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
El guardia miró hacia las cámaras del pasillo.
Después bajó la voz.
—Pero si quiere saber quién estuvo detrás…
Se detuvo.
Sus ojos se dirigieron hacia una puerta cerrada al final del pasillo.
Manuel siguió su mirada.
La puerta comenzó a abrirse.
Y justo antes de que pudiera ver quién estaba al otro lado, el guardia susurró:
—No diga su nombre aquí.
La puerta terminó de abrirse.
Y Manuel comprendió que la persona que acababa de entrar conocía perfectamente aquel reloj.