Era poco después del atardecer y el lago estaba cubierto por una gruesa capa de hielo.
El viento atravesaba los árboles como una cuchilla.
No había nadie alrededor.
Solo nieve, montañas y el sonido ocasional de las ramas moviéndose bajo el peso del hielo.
Miguel llevaba casi una hora caminando por la orilla cuando volvió a escuchar el sonido.
Un aullido.
Después otro.
Se detuvo.
Miró hacia el bosque.
Nada.
Pensó que probablemente era una manada de lobos moviéndose por la zona.
En invierno no era extraño encontrar huellas de estos animales cerca del lago.
Miguel continuó caminando.
Entonces escuchó un ruido diferente.
Un golpe.
Después otro.
Y finalmente un sonido parecido a un gruñido.
Miró hacia el centro del lago.
Al principio no vio nada.
Luego distinguió una mancha oscura sobre el hielo.
Se acercó unos metros.
La mancha se movió.
Era un animal.
Miguel sintió que el corazón se le aceleraba.
Una loba había caído dentro de una abertura del hielo.
Solo tenía las patas delanteras apoyadas sobre la superficie.
El resto de su cuerpo estaba sumergido en el agua helada.
Intentaba subir.
Pero cada vez que apoyaba las patas sobre el borde, el hielo se rompía nuevamente.
La loba estaba agotada.
Su pelaje gris estaba completamente mojado.
Su respiración era rápida y desesperada.
Miguel sabía que tenía pocos minutos.
Si se quedaba allí mucho tiempo, moriría de hipotermia.
Se quitó la mochila.
Dejó sus cosas sobre la nieve.
Y comenzó a acercarse.
—Tranquila…
La loba lo miró.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
Miguel sabía que acercarse a un animal salvaje herido podía ser peligroso.
Pero también sabía que si no hacía nada, probablemente moriría.
Se tumbó sobre el hielo para distribuir su peso y evitar que se rompiera.
Avanzó lentamente.
Un metro.
Después otro.
La loba intentó trepar.
El hielo crujió debajo de ellos.
Miguel se quedó inmóvil.
Esperó.
El sonido desapareció.
Entonces continuó.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, agarró al animal por debajo del cuerpo.
La loba gruñó.
Miguel no retrocedió.
—Vamos. Te tengo.
Tiró con todas sus fuerzas.
La loba intentó ayudarse con las patas.
El agua salpicó el hielo.
Miguel volvió a tirar.
—¡Vamos!
Por un instante pensó que no conseguiría sacarla.
Entonces la loba salió.
Su cuerpo cayó sobre el hielo.
Miguel retrocedió inmediatamente.
La loba permaneció tumbada.
Temblaba violentamente.
Miguel se quitó la pesada chaqueta y la colocó sobre el animal.
—Ya está…
Pero entonces escuchó algo detrás de él.
Un sonido.
Pisadas.
Miguel levantó lentamente la cabeza.
Al otro lado del lago había un lobo.
Después apareció otro.
Y otro.
En cuestión de segundos, varias siluetas emergieron entre los árboles.
Una manada.
Miguel sintió un escalofrío.
No sabía si estaban allí para atacar.
La loba rescatada también los había visto.
Intentó levantarse.
No pudo.
La manada comenzó a acercarse.
Miguel miró alrededor.
No había ningún lugar donde esconderse.
Tenía frío.
Estaba agotado.
Y ahora estaba rodeado.
Pero algo no tenía sentido.
Los lobos no corrían hacia él.
No mostraban los dientes.
No atacaban.
Simplemente caminaban lentamente sobre el hielo.
Uno detrás de otro.
Hasta formar un amplio círculo.
Miguel miró a la loba que acababa de rescatar.
Ella estaba mirando hacia el centro del lago.
No hacia él.
No hacia la manada.
Hacia un punto concreto.
Miguel siguió su mirada.
No vio nada.
—¿Qué pasa?
La loba comenzó a gruñir.
Era un sonido bajo y profundo.
Sus orejas estaban hacia atrás.
Su cuerpo seguía temblando, pero toda su atención estaba concentrada en el hielo.
Miguel se puso de pie.
Miró nuevamente.
Entonces vio algo.
Una línea.
Una pequeña marca oscura junto a la abertura.
Se acercó unos pasos.
La manada permaneció inmóvil.
Miguel se agachó.
Pasó los dedos sobre la superficie del hielo.
La marca no era una grieta natural.
Era demasiado recta.
Miró alrededor.
Había otras.
Varias.
Todas cerca de la abertura.
Miguel sintió que algo no estaba bien.
Sacó una pequeña linterna de su mochila.
Iluminó el hielo.
Y entonces lo vio.
Había profundas marcas hechas con una herramienta.
Cortes.
Surcos.
Líneas paralelas.
Alguien había trabajado sobre el hielo.
No era una grieta provocada por el frío.
Era una zona debilitada deliberadamente.
Miguel retrocedió.
Miró a la loba.
Luego volvió a mirar las marcas.
—Esto no fue un accidente…
La loba soltó un gruñido.
Uno de los lobos de la manada levantó la cabeza.
Miguel sintió que se le erizaba la piel.
Aquello significaba que alguien había creado aquella abertura.
Pero ¿por qué?
¿Por qué alguien querría que una loba cayera en el lago?
Miguel comenzó a observar el lugar con más atención.
Vio unas pequeñas ramas rotas cerca de la orilla.
Después encontró algo atrapado entre la nieve.
Un trozo de cuerda.
Lo recogió.
Estaba húmedo.
Y tenía una pequeña etiqueta de plástico.
Miguel la reconoció.
Era el tipo de etiqueta que utilizaban algunos equipos de investigación de fauna.
Durante años había trabajado ocasionalmente como guía en aquella región.
Sabía que había investigadores estudiando a los lobos de la zona.
Pero también sabía algo más.
La loba que acababa de rescatar llevaba una pequeña marca en la oreja.
Miguel la observó.
Era una marca de identificación.
Aquello significaba que el animal había sido estudiado anteriormente.
Sacó su teléfono.
Intentó fotografiarla.
La pantalla mostraba que no había señal.
Guardó el teléfono.
Entonces escuchó un ruido.
Motor.
Muy lejos.
Miguel levantó la cabeza.
Entre los árboles apareció una pequeña luz.
Un vehículo.
La manada reaccionó inmediatamente.
Todos los lobos giraron la cabeza hacia el mismo lugar.
La loba rescatada intentó ponerse de pie.
Miguel comprendió que no estaban mirando el vehículo.
Estaban mirando a la persona que venía dentro.
El vehículo se detuvo.
Una puerta se abrió.
Un hombre bajó.
Llevaba una parka oscura y caminaba hacia el lago.
Miguel gritó:
—¡Eh!
El desconocido se detuvo.
Por un momento ninguno de los dos habló.
Después el hombre miró hacia la loba.
Su rostro cambió.
—¿Qué has hecho?
Miguel frunció el ceño.
—La saqué del agua.
El hombre comenzó a caminar rápidamente hacia ellos.
—No debiste hacerlo.
Miguel miró la abertura del hielo.
—¿Por qué?
El hombre no respondió.
La loba comenzó a gruñir.
La manada permaneció detrás de ella.
Miguel dio un paso hacia atrás.
—¿Tú hiciste esto?
El desconocido miró las marcas.
Silencio.
Eso fue suficiente.
Miguel comprendió que había encontrado algo que no debía encontrar.
Pero todavía no sabía el motivo.
El hombre finalmente habló.
—Esa loba estaba siendo rastreada.
—¿Por quién?
El hombre bajó la mirada.
—Por nosotros.
Miguel miró la etiqueta de la oreja.
—¿Investigación?
El hombre negó lentamente con la cabeza.
—No exactamente.
Antes de que pudiera explicar más, la loba levantó la cabeza.
Miró hacia el otro lado del lago.
Miguel siguió su mirada.
Había otra abertura.
Y junto a ella había una pequeña caja metálica.
El hombre se quedó completamente quieto.
Miguel lo observó.
—¿Qué hay ahí?
El hombre no respondió.
La loba comenzó a caminar lentamente hacia la caja.
La manada la siguió.
Miguel avanzó detrás de ellos.
Cuando llegó a la caja, vio que estaba cerrada con una cuerda.
La abrió.
Dentro había varias fotografías.
Todas de lobos.
Pero una de ellas llamó inmediatamente su atención.
Era una fotografía de la misma loba que acababa de rescatar.
Aparecía junto a dos cachorros.
Miguel miró la fecha.
La fotografía había sido tomada tres días antes.
—Tiene cachorros.
El hombre permaneció en silencio.
Miguel levantó la mirada.
—¿Dónde están?
El hombre no contestó.
La loba comenzó a emitir un sonido bajo.
No era un gruñido.
Era un gemido.
Miguel miró nuevamente las fotografías.
Había una segunda imagen.
Los dos cachorros estaban dentro de una jaula.
Miguel sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué hicieron con ellos?
El hombre cerró los ojos.
—No entiendes.
—Entonces explícamelo.
El hombre miró hacia la manada.
—Los cachorros fueron capturados hace dos días.
Miguel apretó los puños.
—¿Dónde?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—En la montaña.
La loba volvió a gruñir.
Entonces uno de los lobos adultos comenzó a aullar.
Después otro.
En cuestión de segundos, todo el bosque respondió.
Miguel comprendió por qué la manada había permanecido allí.
No habían venido a atacarlo.
Habían venido por ella.
Y ella no estaba intentando escapar.
Estaba intentando encontrar a sus cachorros.
Miguel miró al hombre.
—¿Dónde están?
El hombre no respondió.
Solo miró hacia las montañas.
Y dijo:
—Si todavía están vivos…
Se detuvo.
Miguel sintió un escalofrío.
—¿Qué significa “si”?
El hombre tragó saliva.
—Significa que no fui yo quien los capturó.
Miguel miró la caja.
Había otra fotografía.
La tomó.
En ella aparecía un grupo de hombres junto a los cachorros.
Pero detrás de ellos había algo que Miguel reconoció inmediatamente.
Un viejo refugio abandonado.
El mismo refugio que estaba a menos de cinco kilómetros del lago.
Miguel levantó la mirada.
La loba ya estaba mirando hacia allí.
La manada comenzó a avanzar.
El hombre intentó detenerlo.
—No vayas.
Miguel lo miró.
—¿Por qué?
El hombre respondió en voz baja:
—Porque si los encuentras, también vas a encontrar quién estuvo detrás de todo esto.
Miguel miró a la loba.
Ella se quedó quieta unos segundos.
Después comenzó a caminar hacia las montañas.
Miguel tomó su mochila.
Y la siguió.
Detrás de ellos, la manada avanzó en silencio.
Nadie sabía todavía qué encontrarían en aquel refugio.
Pero una cosa estaba clara.
La caída de la loba en el hielo nunca había sido un accidente.
Alguien había debilitado deliberadamente el lago.
Alguien había esperado que el animal desapareciera bajo el hielo.
Y alguien había hecho todo lo posible para que nadie descubriera por qué.
Mientras Miguel caminaba detrás de la loba, miró una última vez hacia el lago.
Las marcas seguían visibles sobre el hielo.
Y entonces vio algo que no había notado antes.
Junto a los cortes había una segunda huella.
Una huella humana.
Reciente.
Miguel se detuvo.
La nieve todavía no la había cubierto.
Alguien había estado allí hacía apenas unos minutos.
Y esa persona podía estar observándolos desde el bosque.