Durante muchos años, Mateo había contado la misma historia.
Cada vez que alguien le preguntaba por qué odiaba a los lobos, repetía que uno de ellos había destruido su vida.
Decía que había perdido animales, dinero y noches enteras de sueño por culpa de una manada que merodeaba por las montañas.
Con el tiempo, la historia se convirtió casi en una leyenda.
Mateo era conocido en el pueblo como un hombre duro. Había pasado gran parte de su vida entre los bosques y conocía cada sendero, cada arroyo y cada zona de nieve profunda.
Pero había algo que nadie conocía.
Una fotografía.
La guardaba durante décadas dentro de una vieja caja de madera.
En ella aparecía Mateo cuando apenas tenía veinte años.
Sonreía frente a un paisaje montañoso.
A su lado había una joven loba gris.
Y delante de ellos, casi escondido entre la nieve, aparecía un pequeño cachorro.
Mateo nunca hablaba de aquella fotografía.
Ni siquiera sabía exactamente por qué la había conservado durante tanto tiempo.
Quizá porque representaba una parte de su vida que prefería olvidar.
Todo había comenzado una fría mañana de invierno, muchos años atrás.
Mateo había encontrado al cachorro atrapado entre unas rocas.
Era pequeño, débil y estaba cubierto de nieve.
La loba permanecía a cierta distancia, observándolo.
Mateo no sabía por qué, pero sintió compasión.
Liberó al cachorro.
Durante las semanas siguientes comenzó a encontrarse con la misma loba en distintos lugares del bosque.
Nunca se acercaba demasiado.
Nunca permitió que Mateo la tocara.
Pero tampoco huía inmediatamente.
Era como si lo reconociera.
Mateo empezó a llevar consigo una cámara vieja.
Una tarde consiguió aquella fotografía.
Fue la única vez que vio al cachorro tan cerca de su madre.
Después, desaparecieron.
Pasaron los años.
Mateo se casó, tuvo hijos y terminó viviendo de la tierra y de los animales.
La vida se volvió más difícil.
Y su relación con los lobos cambió.
Un invierno especialmente duro, varios de sus animales desaparecieron.
Mateo culpó a los lobos.
Nadie pudo demostrar qué había ocurrido realmente.
Pero para él ya no importaba.
Había encontrado un enemigo.
Y necesitaba que alguien cargara con la culpa.
Con los años, la historia se hizo más grande.
Según Mateo, los lobos eran peligrosos.
Según Mateo, no sentían nada.
Según Mateo, un animal olvidaba rápidamente a los seres humanos.
Aquella última afirmación era la que más repetía.
“Los animales no recuerdan como nosotros”, decía.
Hasta aquella tarde.
El bosque estaba cubierto de nieve cuando Mateo vio al lobo.
Era grande.
Mucho más grande de lo que esperaba.
Su pelaje gris estaba cubierto de pequeños copos de nieve.
El animal permanecía inmóvil entre los árboles.
Mateo levantó el rifle.
No hubo advertencia.
No hubo duda.
Durante un instante, parecía que todo terminaría allí.
Pero entonces el lobo se movió.
No corrió hacia Mateo.
Corrió hacia otra cosa.
La fotografía.
Una ráfaga de viento había descubierto una esquina del papel viejo.
Mateo la había llevado consigo sin darse cuenta de que se había caído de su bolsillo.
El lobo llegó hasta ella y se detuvo.
Mateo bajó ligeramente el rifle.
El animal inclinó la cabeza.
Después acercó lentamente el hocico a la fotografía.
Aquello no parecía una reacción normal.
Parecía reconocimiento.
Mateo sintió un escalofrío.
“¡Aléjate de eso!”, gritó.
El lobo no obedeció.
Volvió a tocar la fotografía con el hocico.
Entonces el viento levantó el papel.
La fotografía giró sobre la nieve.
Y quedó completamente visible.
Mateo se quedó inmóvil.
La sangre pareció desaparecer de su rostro.
Reconoció al joven de la fotografía inmediatamente.
Era él.
Mucho más joven.
Sonriendo.
Y detrás de él estaba la misma montaña.
Pero lo que realmente lo dejó sin palabras fue la loba.
La reconoció también.
Habían pasado décadas, pero aquellos ojos eran imposibles de olvidar.
Mateo dio un paso hacia atrás.
El lobo levantó la mirada.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
Entonces ocurrió algo todavía más extraño.
El lobo miró la fotografía.
Después miró a Mateo.
Y finalmente giró la cabeza hacia el bosque.
Como si quisiera que lo siguiera.
Mateo no comprendía.
Hasta que vio algo en la nieve.
Una pequeña marca.
Después otra.
Y otra.
Huellas.
No eran de un solo animal.
Había varias.
Mateo avanzó lentamente.
El rifle comenzó a temblarle entre las manos.
La vieja fotografía permanecía a sus pies.
Y entonces recordó algo que había intentado borrar de su memoria.
La última vez que había visto a aquella loba.
El cachorro había desaparecido.
Mateo había contado durante años que seguramente había muerto.
Pero nunca había sabido qué ocurrió realmente.
Ahora, mirando al enorme lobo frente a él, una posibilidad comenzó a formarse en su mente.
Una posibilidad que no quería aceptar.
El animal volvió a caminar.
Mateo lo siguió unos pasos.
Entre los árboles apareció una pequeña abertura.
Allí había algo cubierto de nieve.
Mateo se detuvo.
Su expresión cambió.
Primero fue confusión.
Después miedo.
Finalmente, reconocimiento.
El lobo se quedó quieto.
No atacó.
No gruñó.
Simplemente observó.
Como si hubiera esperado muchos años para llevarlo hasta aquel lugar.
Mateo respiró profundamente.
Miró otra vez la fotografía.
Después miró aquello que estaba bajo la nieve.
Sus labios comenzaron a moverse.
“Ese cachorro…”
Pero nunca terminó la frase.
Porque en ese instante comprendió que el animal frente a él no había regresado para olvidar.
Había regresado para recordar.
Y quizá también para mostrarle algo que Mateo había enterrado en su propia memoria.
El bosque quedó en silencio.
El lobo no se movió.
Mateo tampoco.
La fotografía permaneció entre ambos, sobre la nieve.
Y por primera vez en toda su vida, el hombre que había asegurado que los animales no recuerdan sintió miedo de lo que un animal pudiera recordar.
Lo que había bajo la nieve todavía no había sido revelado.
Pero una cosa era segura:
el lobo no había encontrado aquella fotografía por casualidad.
La había traído de vuelta.
Y había esperado décadas para que Mateo la viera.