Durante veinticinco años, Miguel había guardado una pequeña fotografía en el cajón de su mesita de noche.
En ella aparecía un lobo joven.
Era imposible distinguir perfectamente sus ojos porque la fotografía había sido tomada desde cierta distancia, pero Miguel recordaba perfectamente aquella mirada.
Recordaba también la cicatriz.
Una pequeña línea curva en el lado izquierdo del cuello.
Habían pasado tantos años que Miguel había dejado de contar.
Pero nunca había olvidado al animal.
Todo comenzó cuando Miguel tenía cuarenta años.
En aquella época trabajaba como guardabosques en una zona montañosa del norte de España.
Conocía cada sendero.
Sabía dónde encontrar agua después de una tormenta y dónde solían refugiarse los animales durante el invierno.
Una mañana recibió un aviso.
Habían encontrado un lobo joven atrapado.
Miguel llegó al lugar poco después.
El animal estaba escondido entre unas rocas.
Tenía una pata herida y una antigua trampa metálica alrededor del cuello.
El lobo estaba aterrorizado.
Cada vez que Miguel se acercaba, intentaba escapar.
Pero no podía.
Miguel pasó casi una hora intentando tranquilizarlo.
Finalmente consiguió acercarse.
Con mucho cuidado liberó al animal.
La herida del cuello era profunda, pero podía sobrevivir.
Miguel limpió la zona y permaneció cerca hasta que el lobo recuperó fuerzas.
Antes de marcharse, hizo algo que nunca había hecho con ningún otro animal.
Le puso un nombre.
Lo llamó Luna.
Durante las semanas siguientes, Miguel volvió varias veces al mismo lugar.
Llevaba comida.
Observaba desde lejos.
El lobo siempre aparecía.
Nunca permitió que Miguel lo tocara, pero tampoco huyó.
Con el tiempo, Miguel comenzó a reconocer sus pasos.
Su silueta.
Incluso la forma en que levantaba la cabeza cuando escuchaba su voz.
Había creado una relación extraña.
No era amistad.
No era domesticación.
Era simplemente confianza.
Hasta que una noche llegó una tormenta.
Al día siguiente, Miguel encontró huellas.
Pero no encontró a Luna.
La buscó durante días.
Después durante semanas.
Nunca volvió a verla.
Pasaron los años.
Miguel dejó de trabajar como guardabosques.
Se casó.
Tuvo dos hijos.
Después perdió a su esposa.
Los hijos se marcharon a otras ciudades.
Y Miguel terminó viviendo solo en una pequeña casa al borde del bosque.
Conservó aquella fotografía.
No porque creyera que Luna seguía viva.
La conservaba porque representaba una época de su vida en la que todavía tenía la sensación de que podía salvar cualquier cosa.
Una tarde, muchos años después, Miguel estaba sentado frente a su casa.
El sol estaba bajando.
El bosque estaba tranquilo.
Entonces escuchó algo.
Pisadas.
Miguel levantó la cabeza.
Al principio pensó que era un perro.
Después vio la silueta.
Un lobo salió de entre los árboles.
Corría directamente hacia él.
Miguel se levantó de golpe.
El animal estaba herido.
Tenía el pelaje sucio y una pequeña herida en el costado.
Miguel dio un paso atrás.
Pero el lobo no atacó.
Llegó hasta sus pies y cayó al suelo.
Miguel se quedó completamente inmóvil.
—Dios mío…
Se arrodilló lentamente.
El animal respiraba con dificultad.
Miguel quiso tocarlo, pero se detuvo.
Entonces el lobo levantó una pata.
La colocó sobre su mano.
Miguel sintió un escalofrío.
Había algo familiar en aquel gesto.
Algo que no podía explicar.
El lobo levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Miguel sintió que había vuelto a tener cuarenta años.
Aquel mismo bosque.
Aquel mismo animal.
Aquella misma mirada.
Pero era imposible.
Habían pasado veinticinco años.
Miguel negó lentamente con la cabeza.
—No puede ser.
El lobo se giró.
Mostró el lado izquierdo del cuello.
Miguel dejó de respirar.
Debajo del pelo había una cicatriz.
Una línea curva.
Exactamente en el mismo lugar.
Miguel tocó la cicatriz con la punta de los dedos.
Las manos comenzaron a temblarle.
—Luna…
El lobo no se movió.
Miguel sintió lágrimas en los ojos.
—Yo te vi morir.
Pero había algo que no encajaba.
Miguel recordaba perfectamente la última vez que había visto a Luna.
Había encontrado sangre cerca del río.
Había encontrado huellas que desaparecían entre las rocas.
Y había encontrado un trozo de piel atrapado en una rama.
Había asumido que el lobo no había sobrevivido.
Pero ahora estaba allí.
Veinticinco años después.
Más grande.
Más viejo.
Y con la misma cicatriz.
Miguel se sentó en el suelo.
Durante unos segundos simplemente abrazó al animal.
El lobo no se resistió.
Parecía agotado.
Como si hubiera recorrido una distancia enorme para llegar hasta aquella casa.
Entonces Miguel vio algo que le llamó la atención.
En el cuello del lobo había otra marca.
Una marca reciente.
Miguel apartó lentamente el pelo.
No era una herida causada por otro animal.
Era una marca rectangular.
Como si hubiera llevado un collar durante mucho tiempo.
Miguel frunció el ceño.
—¿Quién te tuvo?
El lobo levantó la cabeza.
Miró hacia el bosque.
Miguel siguió su mirada.
A lo lejos se escuchó una rama romperse.
Después otra.
El animal se puso de pie.
Ya no parecía débil.
Parecía alerta.
Miguel también se levantó.
—¿Qué pasa?
El lobo dio unos pasos hacia el bosque.
Se detuvo.
Volvió a mirar a Miguel.
Después desapareció entre los árboles.
Miguel se quedó solo.
Durante unos segundos no entendió nada.
Entonces escuchó un sonido.
Un silbido.
Muy suave.
Miguel sintió un escalofrío.
Era el mismo silbido que utilizaba veinticinco años atrás para llamar a Luna.
Pero Miguel no había silbado.
Alguien estaba en el bosque.
Volvió a escuchar el sonido.
Esta vez más cerca.
Miguel entró lentamente en su casa.
Abrió el viejo cajón de la mesita de noche.
Sacó la fotografía.
La miró.
Y entonces vio algo que nunca había notado.
En el fondo de la fotografía, detrás del joven lobo, aparecía una figura humana.
Un hombre.
Miguel acercó la fotografía a sus ojos.
Reconoció la chaqueta.
Reconoció el sombrero.
Y sintió que el corazón se le detenía.
Era él mismo.
Pero aquello no era posible.
Porque la fotografía había sido tomada varios días antes de que Miguel llegara al lugar.
Miguel volvió a mirar hacia el bosque.
El silbido sonó otra vez.
Y entonces comprendió que quizá el lobo no había regresado para encontrarlo.
Había regresado para mostrarle algo.
Algo que Miguel llevaba veinticinco años sin saber.
Y, por primera vez, tuvo miedo de descubrir la verdad.