La perra que esperó diez años

Lola tenía apenas unos meses cuando la abandonaron.

Era una noche fría de otoño.

La carretera estaba vacía y los árboles se movían con el viento.

Dentro de una vieja camioneta, una mujer conducía en silencio.

En el asiento trasero estaba Lola.

La pequeña perra no entendía por qué su dueña no hablaba con ella.

Hasta aquella noche, siempre había dormido dentro de la casa.

Siempre había esperado junto a la puerta.

Siempre había corrido hacia la mujer cuando escuchaba sus pasos.

Para Lola, aquella mujer era su mundo.

Pero esa noche todo cambió.

La camioneta se detuvo en medio de un camino forestal.

La mujer abrió la puerta.

Lola levantó la cabeza.

Pensó que iban a caminar.

Movió la cola.

Entonces la mujer la agarró y la empujó fuera del vehículo.

Lola cayó sobre el barro.

Se levantó inmediatamente y corrió hacia la puerta.

La mujer la miró durante unos segundos.

No había tristeza en su rostro.

Solo impaciencia.

—Quédate aquí.

La puerta se cerró.

El motor arrancó.

Lola comenzó a correr.

Corrió detrás de la camioneta todo lo que sus pequeñas patas pudieron soportar.

Ladraba.

Saltaba.

Intentaba alcanzar el vehículo.

Pero las luces rojas se hicieron cada vez más pequeñas.

Hasta desaparecer entre los árboles.

Lola se quedó sola.

La lluvia empezó a caer.

Durante toda aquella noche caminó sin saber hacia dónde iba.

Tenía hambre.

Tenía frío.

Y tenía miedo.

Pero no dejó de esperar.

Cada vez que escuchaba un motor, corría hacia la carretera.

Cada vez que veía un vehículo, levantaba la cabeza.

Quizás su dueña había regresado.

Quizás había cometido un error.

Quizás volvería por ella.

Pero nadie volvió.

Pasaron días.

Después semanas.

Y finalmente meses.

Lola aprendió a sobrevivir.

Un hombre mayor que vivía cerca del bosque comenzó a dejarle comida.

Fue él quien la llamó Lola.

Con el tiempo, la pequeña perra creció.

Pero nunca abandonó completamente aquella carretera.

Había algo que la mantenía allí.

Algo que ni siquiera el hombre podía entender.

Cada cierto tiempo, Lola caminaba hasta el lugar donde había sido abandonada.

Se sentaba junto al camino.

Y esperaba.

Pasaron diez años.

Lola ya no era la misma.

Su hocico se había vuelto gris.

Una de sus patas traseras estaba rígida.

Tenía una cicatriz encima del ojo.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Una tarde, mientras caminaba junto al camino, escuchó un automóvil.

Lola levantó la cabeza.

Un vehículo oscuro apareció entre los árboles.

Frenó.

Lola se quedó inmóvil.

La puerta se abrió.

Una mujer bajó.

Era mayor.

Su cabello tenía algunas canas.

Había cambiado.

Pero Lola la reconoció inmediatamente.

Era ella.

La mujer que la había abandonado diez años atrás.

La mujer también la miró.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después abrió los ojos con incredulidad.

—¿Lola?

La vieja perra no se movió.

La mujer dio un paso hacia ella.

—No puede ser…

Lola comenzó a caminar lentamente.

La mujer retrocedió.

Quizás esperaba un ataque.

Quizás tenía miedo de lo que un animal podía recordar después de tantos años.

Pero Lola no hizo nada.

Simplemente se acercó.

Y dejó algo en el suelo.

Un viejo pañuelo rojo.

La mujer lo miró.

Su rostro cambió.

Lo reconoció.

Había sido suyo.

Lo había llevado aquella noche.

Lo había perdido en el bosque cuando abandonó a Lola.

La mujer se agachó lentamente y tomó el pañuelo.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Dónde lo encontraste?

Lola la observó.

Entonces la mujer vio algo escondido dentro de la tela.

Una fotografía.

La sacó con cuidado.

Era una fotografía vieja.

En ella aparecía la mujer diez años atrás.

Sonreía.

En sus brazos estaba Lola cuando todavía era una cachorra.

La mujer cerró los ojos.

Había algo más.

Al reverso de la fotografía había una fecha.

La fecha de aquella noche.

La mujer miró a Lola.

—Tú…

Lola dio media vuelta.

Comenzó a caminar hacia el bosque.

La mujer permaneció inmóvil.

Después la siguió.

—¡Espera!

Lola continuó caminando.

—¡Lola!

La perra se detuvo.

Miró hacia atrás.

La mujer llegó hasta ella.

—¿A dónde me llevas?

Lola volvió a caminar.

El bosque estaba cada vez más oscuro.

La mujer empezó a sentirse incómoda.

Había algo extraño en aquella situación.

Algo que no podía explicar.

Entonces recordó aquella noche.

Recordó el momento en que había abandonado a Lola.

Pero también recordó algo que había intentado olvidar.

Aquella noche no había estado sola.

Había otra persona en el bosque.

Una persona que había visto todo.

Una persona que sabía por qué Lola había sido abandonada.

Una persona que había desaparecido poco después.

La mujer se detuvo.

Lola siguió caminando.

—No…

La mujer miró alrededor.

—No puede ser.

La vieja perra llegó hasta un claro.

Allí había una pequeña casa abandonada.

Lola se detuvo frente a la puerta.

La mujer se acercó lentamente.

Entonces escuchó un ruido desde dentro.

Una tos.

La mujer quedó paralizada.

Lola miró hacia la puerta.

Después miró a la mujer.

Y por primera vez en diez años, la mujer comprendió por qué Lola había esperado tanto tiempo.

No había esperado para atacarla.

No había esperado para hacerle daño.

Había esperado para llevarla hasta allí.

La puerta de la casa comenzó a abrirse.

Muy lentamente.

La mujer retrocedió.

Lola permaneció inmóvil.

Desde el interior llegó una voz débil:

—Sabía que algún día volverías.

La mujer palideció.

Miró a Lola.

La vieja perra no apartó los ojos de ella.

Diez años.

Diez años había esperado.

Y ahora, finalmente, la verdad estaba frente a la puerta.