El ascensor detenido

A las 8:17 de la noche, el edificio parecía completamente normal.

En el sexto piso, algunas familias estaban preparando la cena. En el tercero, una pareja discutía en voz baja. Una mujer mayor regresaba del supermercado con una pequeña bolsa en la mano. Y en el vestíbulo, un hombre de setenta años llamado Ernesto esperaba el ascensor.

Nadie podía imaginar que, unos segundos después, todo el edificio quedaría en silencio.

Ernesto había vivido allí durante casi treinta años. Conocía los ruidos del edificio como quien conoce los sonidos de su propia casa: las tuberías que golpeaban durante la noche, la puerta del garaje que chirriaba cuando hacía viento, el viejo ascensor que necesitaba dos segundos más de lo normal para cerrar sus puertas.

También conocía a muchos de los vecinos.

Pero aquella noche no conocía a la mujer que estaba a punto de salvar.

La mujer salió del ascensor en el quinto piso justo cuando las luces comenzaron a parpadear.

Una vez.

Dos veces.

Después, todo quedó completamente oscuro.

Se escuchó un fuerte chasquido eléctrico.

Y entonces llegó el ruido.

Un estruendo metálico recorrió el edificio.

El ascensor se había detenido entre dos pisos.

La mujer, confundida y asustada, intentó retroceder.

Fue entonces cuando las puertas se abrieron violentamente.

No se abrieron de la manera habitual.

Se separaron con un golpe brutal, dejando frente a ella un espacio oscuro que no correspondía con ningún piso.

La mujer dio un paso hacia atrás.

Su pie encontró el vacío.

Durante una fracción de segundo, su cuerpo perdió completamente el equilibrio.

Ernesto reaccionó antes de pensar.

Se lanzó hacia ella.

Sus dos manos alcanzaron la muñeca de la mujer justo cuando ella comenzaba a caer.

—¡Agárrese! —gritó.

La mujer gritó también.

Su cuerpo quedó suspendido sobre la oscuridad de la caja del ascensor.

Ernesto sintió un dolor agudo en los hombros.

Tenía setenta años.

No era un hombre especialmente fuerte.

Pero no soltó la mano.

—¡No me suelte! —gritó ella.

—¡No pienso hacerlo!

El pasillo estaba casi completamente oscuro. Solo una pequeña luz de emergencia iluminaba parcialmente sus rostros.

Desde algún lugar del edificio se escuchaban alarmas.

Pero nadie llegaba.

Ernesto apretó los dientes.

Tiró con todas sus fuerzas.

La mujer consiguió apoyar una rodilla en el borde del piso.

Luego la otra.

Ernesto siguió tirando hasta que finalmente ambos cayeron al suelo.

Durante varios segundos no dijeron nada.

Solo respiraron.

La mujer tenía lágrimas en los ojos.

Ernesto estaba temblando.

Por un instante, ambos pensaron lo mismo:

Había terminado.

Habían tenido suerte.

Ella estaba viva.

Ernesto se sentó contra la pared y cerró los ojos.

—Dios mío…

La mujer comenzó a recuperar el aliento.

—Gracias —dijo—. Gracias, señor.

Ernesto abrió los ojos.

—No tiene que agradecerme. Cualquiera habría hecho lo mismo.

Pero la mujer no respondió.

Miraba hacia el hueco del ascensor.

Su expresión había cambiado.

Ya no parecía solamente asustada.

Parecía haber escuchado algo.

Ernesto lo notó.

—¿Qué pasa?

La mujer levantó lentamente una mano.

—Espere.

Los dos permanecieron inmóviles.

Al principio no escucharon nada.

Solo el zumbido débil de las luces de emergencia.

Entonces llegó un sonido profundo.

Un largo crujido metálico.

Desde abajo.

Ernesto se puso de pie lentamente.

Miró hacia el hueco.

La oscuridad parecía absoluta.

—Probablemente sea el ascensor —dijo.

La mujer negó con la cabeza.

—No.

—¿Cómo que no?

Ella se acercó un poco al borde, pero Ernesto la detuvo.

—No se acerque.

La mujer lo miró.

Su rostro había perdido completamente el color.

—Señor…

—¿Sí?

Ella tragó saliva.

—Ahí abajo hay alguien.

Ernesto se quedó inmóvil.

Durante un instante pensó que había entendido mal.

—¿Qué ha dicho?

La mujer señaló hacia la oscuridad.

—Escuché una voz.

Ernesto miró hacia abajo.

No veía nada.

—¿Está segura?

La mujer asintió.

—Sí.

—Quizá sea alguien atrapado en otro piso.

—No.

—Entonces será un trabajador…

—No, señor.

La voz de la mujer comenzó a temblar.

—Me llamó por mi nombre.

Ernesto la miró fijamente.

—¿Cómo sabe su nombre?

La mujer abrió la boca, pero no respondió.

Parecía estar intentando recordar algo.

—Yo… no sé.

Ernesto volvió a mirar hacia la caja del ascensor.

—¿Cómo se llama usted?

La mujer tardó unos segundos.

—María.

—¿María qué?

Ella no contestó.

De pronto, un pequeño sonido llegó desde las profundidades.

Toc.

Ernesto levantó la cabeza.

María dejó de respirar por un instante.

Toc.

Esta vez fue más claro.

Los dos miraron hacia abajo.

El sonido parecía venir desde muy lejos.

Desde algún punto debajo del ascensor.

Ernesto retrocedió un paso.

—Hay alguien ahí.

María agarró su brazo.

—No.

—Tenemos que llamar a los bomberos.

—No, espere.

—¿Por qué?

Ella lo miró directamente a los ojos.

—Porque no quiere que lo saquen.

Ernesto sintió un escalofrío.

—¿Qué quiere decir?

María empezó a llorar.

—Cuando estaba cayendo… lo escuché.

—¿Qué escuchó?

Ella apretó con fuerza el brazo de Ernesto.

—Me dijo que no dejara que nadie bajara.

Ernesto no respondió.

Entonces escucharon un tercer golpe.

Toc.

Mucho más fuerte.

La luz de emergencia parpadeó.

Durante una fracción de segundo, el interior de la caja del ascensor quedó iluminado.

Ernesto miró hacia abajo.

Y creyó ver algo.

Una figura.

O quizá solo una sombra.

No pudo estar seguro.

—¿Lo vio? —preguntó María.

Ernesto no contestó.

Se inclinó lentamente hacia el hueco.

Y entonces, desde la oscuridad, una voz susurró:

—Ernesto…

El anciano se quedó completamente paralizado.

María soltó su brazo.

Porque ella también había escuchado el nombre.

Pero había algo que ninguno de los dos podía explicar.

¿Cómo podía aquella persona conocer el nombre de Ernesto?

Y, sobre todo…

¿Por qué aquella voz parecía venir de un lugar que había estado abandonado durante años?

Las luces volvieron a parpadear.

El ascensor comenzó a moverse lentamente.

Y Ernesto comprendió que, si quería descubrir quién estaba abajo, tendría que tomar una decisión que podía cambiarlo todo.