Aquella tarde parecía una tarde cualquiera.
El sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles y una luz dorada cubría el pequeño camino de tierra que atravesaba el bosque. El aire olía a pino, tierra húmeda y hojas secas. No había nadie alrededor.
Mateo caminaba lentamente junto a su abuelo, Julián.
El niño tenía siete años y llevaba una pequeña mochila azul sobre los hombros. Cada pocos pasos recogía una piedra, una hoja o alguna rama curiosa y se la enseñaba a su abuelo.
Julián sonreía.
Hacía años que había dejado de tener prisa.
Desde que se había jubilado, aquellas caminatas con su nieto se habían convertido en uno de los momentos más importantes de su vida.
Pero aquella tarde todo cambió en menos de un segundo.
Un ruido seco salió de los arbustos.
Mateo apenas tuvo tiempo de girar la cabeza.
Algo gris salió disparado del bosque.
Era un lobo.
El animal corrió directamente hacia ellos.
Mateo gritó.
Julián reaccionó por instinto y extendió un brazo para ponerse delante del niño.
Pero el lobo no atacó.
Apenas llegó hasta ellos, perdió el equilibrio y cayó pesadamente sobre el camino.
Mateo se quedó paralizado.
El animal respiraba con dificultad. Su pelaje estaba cubierto de barro y algunas pequeñas manchas de sangre. Una de sus patas parecía herida.
Julián no se movió.
Durante unos segundos, ninguno de los dos supo qué hacer.
Entonces ocurrió algo imposible.
El lobo levantó lentamente la cabeza.
Miró al niño.
Y se acercó a él.
Mateo retrocedió un paso.
—Abuelo…
Julián apretó los dientes.
—No te muevas.
Pero el lobo tampoco mostró agresividad.
En lugar de eso, bajó la cabeza y apoyó suavemente el hocico contra la pierna del niño.
Mateo dejó de respirar por un instante.
El miedo seguía allí, pero ahora había algo más.
Confusión.
El animal parecía estar buscando protección.
Como si conociera al niño.
Mateo levantó lentamente una mano.
—¿Está herido?
Julián no respondió.
Estaba observando al animal.
Había algo extraño en sus ojos.
No era simplemente el comportamiento de un animal asustado. Había una especie de reconocimiento en aquella mirada.
El lobo cerró los ojos durante unos segundos.
Mateo, todavía temblando, comenzó a acariciarle muy despacio la cabeza.
Julián sintió un escalofrío.
—No deberías tocarlo —dijo.
Pero el lobo no reaccionó.
Entonces, lentamente, se incorporó.
Julián dio un paso hacia delante.
El animal giró la cabeza.
Y mostró el lado izquierdo de su cuello.
Fue entonces cuando Julián vio la cicatriz.
Una larga marca atravesaba el pelaje gris.
Antigua.
Profunda.
Imposible de confundir.
Julián dejó de respirar.
Su rostro perdió el color.
Mateo lo miró.
—¿Qué pasa, abuelo?
Julián no contestó.
Seguía mirando aquella cicatriz.
Veintidós años atrás, cuando todavía era un hombre joven, Julián había trabajado como guardabosques en aquella misma región.
Una noche recibió una llamada de emergencia.
Un pequeño lobo había quedado atrapado cerca de una zona donde algunos cazadores habían colocado trampas ilegales.
Julián encontró al animal agonizando.
Era apenas un cachorro.
Tenía una herida en el cuello y una de sus patas estaba atrapada.
Julián logró liberarlo.
Durante varias semanas llevó comida al lugar donde lo había encontrado.
El cachorro siempre aparecía cuando escuchaba su silbido.
Julián terminó poniéndole un nombre.
Lo llamó Sombra.
Pero una mañana encontró huellas cerca del bosque.
Había habido disparos.
Y después encontró sangre.
Mucha sangre.
Julián buscó durante horas.
Nunca encontró el cuerpo.
Pero con el tiempo llegó a aceptar que el pequeño lobo había muerto.
Eso era lo que había creído durante más de dos décadas.
Hasta aquella tarde.
Julián se acercó lentamente.
Miró otra vez la cicatriz.
Era la misma.
Exactamente la misma.
El viejo guardabosques sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
—No puede ser…
Mateo lo escuchó.
—¿Qué no puede ser?
Julián levantó los ojos.
El lobo lo estaba mirando.
Por primera vez, Julián tuvo la sensación de que el tiempo había desaparecido.
Veintidós años.
Una vida entera.
Y, sin embargo, aquellos ojos le resultaban familiares.
Julián se arrodilló.
—Sombra…
El lobo inclinó ligeramente la cabeza.
Mateo miró a su abuelo.
—¿Lo conoces?
Julián no pudo responder.
Se acercó un poco más.
La cicatriz estaba justo donde recordaba.
La misma forma.
La misma dirección.
La misma marca que él había visto aquella noche mientras intentaba liberar al cachorro de la trampa.
Julián sintió lágrimas en los ojos.
—Ese día…
Su voz se quebró.
El lobo permaneció inmóvil.
Julián tragó saliva.
—Yo te vi morir…
Pero antes de terminar la frase, el animal levantó bruscamente la cabeza.
Sus orejas se movieron.
Miró hacia los árboles.
Después volvió a mirar a Julián.
El viejo guardabosques dejó de llorar.
Su expresión cambió.
Ya no parecía emocionado.
Parecía preocupado.
Muy preocupado.
Mateo siguió la mirada del lobo.
—Abuelo… ¿qué está mirando?
Julián se puso lentamente de pie.
Entre los árboles se escuchó una rama romperse.
Después otra.
El lobo se colocó delante del niño.
Julián comprendió entonces que aquella tarde no había terminado.
Tal vez el animal no había regresado para ser encontrado.
Tal vez había regresado para advertirles de algo.
Y, mientras el bosque comenzaba a oscurecerse, Julián miró hacia el lugar donde el lobo estaba observando.
Entonces escuchó un sonido que no había oído en veintidós años.
Un silbido.
El mismo silbido que utilizaba cuando llamaba a Sombra.
Pero esta vez no había sido él quien lo había hecho.