El regreso del lobo

Durante muchos años, Miguel intentó olvidar aquella noche.

No hablaba de ella.

No contaba lo que había ocurrido.

Y, sobre todo, nunca volvía a mencionar el nombre de Lucas.

Para los demás, Lucas había desaparecido hacía demasiado tiempo. Había sido una tragedia de juventud, uno de esos recuerdos que una familia aprende a guardar en silencio porque hablar de ellos duele demasiado.

Pero Miguel nunca había conseguido olvidarlo.

Había pasado media vida intentando convencerse de que lo que ocurrió aquella noche no había sido culpa suya.

Aquel día, sin embargo, el pasado regresaría de una manera que jamás habría imaginado.

Miguel estaba atrapado junto a un viejo árbol, en una zona aislada del bosque.

Una gruesa cadena rodeaba su cuerpo y estaba asegurada al tronco. Había intentado liberarse durante horas, pero el metal no cedía.

Tenía las manos doloridas.

La ropa estaba cubierta de barro.

Y cada minuto que pasaba sentía que tenía menos fuerzas.

No sabía quién lo había dejado allí.

Tampoco sabía si alguien iba a regresar.

Solo sabía que estaba completamente solo.

Hasta que escuchó un ruido entre los arbustos.

Miguel levantó la cabeza.

Las hojas comenzaron a moverse.

Primero pensó que podía ser un animal pequeño.

Entonces escuchó un gruñido.

Su respiración se detuvo.

Entre los árboles apareció un enorme lobo gris.

El animal estaba herido.

Caminaba con dificultad y una de sus patas apenas tocaba el suelo. Tenía el pelaje mojado y una herida visible en el costado.

Miguel intentó retroceder.

No pudo.

La cadena lo mantenía pegado al árbol.

El lobo lo miró.

Miguel sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

Entonces el animal corrió hacia él.

—¡No! ¡Aléjate!

Miguel tiró de la cadena con todas sus fuerzas y levantó los brazos para protegerse.

Esperó el ataque.

Pero nunca llegó.

El lobo se detuvo justo delante de él.

Miguel permaneció inmóvil.

El animal respiraba con dificultad.

Por un instante, los dos se miraron.

Miguel no entendía lo que estaba pasando.

—¿Por qué no me atacas? —preguntó con voz temblorosa.

El lobo dio un pequeño paso.

Y entonces cayó al suelo.

Miguel se sobresaltó.

El animal estaba exhausto.

Pero había algo más.

Mientras intentaba acercarse todo lo que le permitía la cadena, Miguel vio una pieza metálica alrededor del cuello del lobo.

Un collar.

Viejo.

Sucio.

Cubierto de barro.

Miguel entrecerró los ojos.

Había algo escrito en una pequeña placa metálica.

No podía verlo bien.

Se inclinó hacia adelante.

El corazón comenzó a latirle más rápido.

—¿Ese collar…?

El lobo levantó ligeramente la cabeza.

Miguel consiguió ver la placa.

Y entonces dejó de respirar durante unos segundos.

Había un nombre.

Un nombre que no había pronunciado en muchos años.

Lucas.

Miguel sintió que las piernas le temblaban.

No podía ser.

Lucas había desaparecido cuando apenas era un muchacho.

Aquella noche, él y su perro habían salido al bosque.

Nunca regresaron.

Durante semanas, los equipos de búsqueda recorrieron la zona.

Encontraron algunas huellas.

Encontraron parte de la ropa.

Pero nunca encontraron un cuerpo.

Con el tiempo, todos aceptaron la explicación más dolorosa.

Lucas había muerto.

Miguel también lo creyó.

Aunque nunca estuvo completamente seguro.

Ahora estaba mirando aquel collar.

El mismo collar que Lucas había puesto a su perro antes de desaparecer.

Miguel sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Esa placa…

Tocó el metal con los dedos temblorosos.

El lobo no se apartó.

Por el contrario, se quedó mirando a Miguel como si lo conociera.

Miguel recordó entonces una tarde de muchos años atrás.

Lucas estaba sentado junto a él bajo un árbol.

Su perro corría alrededor de los dos.

Miguel había bromeado diciendo que el animal siempre encontraba el camino de regreso a casa.

Lucas se había reído.

—Él siempre vuelve —había dicho.

Miguel cerró los ojos.

Habían pasado tantos años.

Demasiados.

Pero el collar estaba allí.

Y el lobo también.

Miguel abrió los ojos nuevamente.

—Ese nombre… yo lo enterré…

No terminó la frase.

Porque en ese instante escuchó algo detrás del árbol.

Un sonido profundo.

Un gruñido.

Miguel quedó completamente inmóvil.

El lobo levantó la cabeza.

Sus orejas apuntaron hacia la oscuridad.

El animal, a pesar de estar herido y agotado, se incorporó lentamente.

Miguel miró hacia donde estaba mirando el lobo.

No vio nada.

Solo árboles.

Sombras.

Niebla.

Y hojas mojadas.

Entonces escuchó una rama romperse.

CRACK.

Miguel tragó saliva.

—¿Qué es eso?

El lobo emitió un gruñido bajo.

Miguel intentó girarse, pero la cadena no le permitía hacerlo completamente.

Por primera vez, comprendió algo aterrador.

El lobo no había venido hasta él para atacarlo.

Había estado huyendo.

Huyendo de algo.

Y aquello que lo había perseguido estaba todavía en el bosque.

Miguel miró nuevamente el collar.

Lucas.

El nombre seguía allí.

Después miró al animal.

Una pregunta apareció en su mente.

Si aquel era realmente el perro de Lucas…

¿cómo había sobrevivido tantos años?

Y, más importante todavía…

¿qué había ocurrido con Lucas?

Miguel escuchó otro ruido.

Esta vez estaba mucho más cerca.

El lobo se colocó delante de él.

Como si intentara impedir que aquello que se acercaba llegara hasta Miguel.

El hombre sintió un escalofrío.

—¿Estás protegiéndome?

El animal no respondió.

Solo miró hacia la oscuridad.

Miguel comenzó a comprender que el verdadero misterio no era el collar.

Era el hecho de que aquel animal hubiera regresado después de tantos años.

Había encontrado a Miguel.

Y había venido directamente hasta él.

Como si supiera exactamente dónde estaba.

Como si alguien lo hubiera enviado.

O como si estuviera intentando llevarlo hacia algún lugar.

Miguel apretó los dientes.

La cadena seguía firmemente cerrada.

No podía escapar.

No podía seguir al animal.

No podía ver qué se acercaba.

Y entonces escuchó el mismo sonido una tercera vez.

Un gruñido profundo.

Justo detrás de él.

Miguel miró al lobo.

El lobo miró hacia la oscuridad.

Ambos parecían saber que algo estaba allí.

Miguel abrió la boca.

—Pero entonces…

No pudo terminar.

El lobo se levantó.

Y desde detrás de los árboles llegó un sonido que hizo que el animal mostrara los dientes.

Miguel sintió que la sangre se le helaba.

Había pasado toda su vida pensando que Lucas estaba muerto.

Pero ahora tenía una razón para hacerse una pregunta mucho más aterradora:

si el perro había regresado…

¿quién estaba siguiendo sus pasos?

La respuesta seguía oculta entre los árboles.

Y Miguel continuaba encadenado al tronco.

Sin poder correr.

Sin poder esconderse.

Sin saber qué estaba a punto de aparecer.

Solo el lobo parecía conocer la verdad.

Y estaba mirando fijamente hacia la oscuridad.