El rugido detrás de él

El sol comenzaba a bajar sobre la sabana cuando Mateo comprendió que algo había salido terriblemente mal.

Tenía sesenta años y había pasado buena parte de su vida trabajando al aire libre. Conocía el silencio de la naturaleza. Sabía distinguir el sonido del viento entre la hierba del ruido de un animal acercándose. Sabía cuándo los pájaros estaban tranquilos y cuándo su comportamiento significaba que algo los había asustado.

Pero aquella tarde había cometido un error.

Uno que podía costarle la vida.

Mateo abrió lentamente los ojos.

El dolor en sus muñecas fue lo primero que sintió. Después llegó el ardor de la espalda contra la corteza del árbol. Intentó mover las piernas, pero una cadena gruesa le impedía alejarse.

Miró hacia abajo.

La cadena estaba asegurada alrededor de su cuerpo y del tronco.

Intentó tirar una vez.

Nada.

Tiró otra vez, esta vez con todas sus fuerzas.

El metal respondió con un sonido seco.

—¡Ayuda! —gritó.

Su voz desapareció entre la inmensidad de la sabana.

No había nadie.

Mateo respiró profundamente e intentó recordar cómo había llegado hasta allí.

Un vehículo.

Una discusión.

Un camino de tierra.

Después, oscuridad.

Y finalmente aquel árbol.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Lo único que sabía era que estaba solo.

Entonces ocurrió.

Un rugido explotó detrás de él.

Mateo se estremeció violentamente.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Tiró de la cadena con tanta fuerza que el metal golpeó contra el tronco.

Se giró como pudo.

Y lo vio.

Un león enorme había salido lentamente de la hierba.

Estaba a pocos metros.

Mateo dejó de respirar durante un instante.

El animal no corría.

Eso era lo peor.

Caminaba despacio.

Sin prisa.

Como si supiera perfectamente que aquel hombre no tenía ninguna posibilidad de escapar.

Mateo volvió a tirar de la cadena.

—¡No! ¡No, no, no!

El metal crujió.

Pero no cedió.

El león dio otro paso.

Mateo sintió que las piernas le temblaban.

Había visto leones antes. Desde vehículos. Desde lugares seguros. Siempre detrás de una ventana, una puerta o una distancia suficiente.

Pero nunca había estado atado a un árbol mientras uno se acercaba directamente hacia él.

El animal levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los de Mateo.

El hombre tragó saliva.

—Dios mío…

El león soltó un gruñido bajo.

Mateo cerró los ojos durante un segundo.

Pensó en su familia.

Pensó en su hija.

Pensó en la última conversación que habían tenido.

Habían discutido.

Ahora ese recuerdo le dolía más que las cadenas.

«Debí haberle dicho que la quería», pensó.

Abrió los ojos.

El león estaba más cerca.

Mateo volvió a forcejear.

La cadena se clavó en su muñeca.

Sintió dolor, pero continuó.

No podía morir allí.

No así.

No sin volver a casa.

El león avanzó unos pasos más y finalmente se detuvo.

Mateo permaneció inmóvil.

El silencio regresó.

Solo se escuchaba su respiración.

Y entonces sucedió algo extraño.

El león dejó de mirar a Mateo.

Giró ligeramente la cabeza.

Mateo frunció el ceño.

¿Por qué?

El animal parecía haber escuchado algo.

Mateo siguió la dirección de su mirada.

Pero desde donde estaba no podía ver nada.

El león volvió a mirarlo.

Después miró otra vez hacia un punto detrás de él.

Mateo sintió un escalofrío.

Algo había cambiado.

Ya no estaba mirando al león como antes.

Por primera vez desde que el animal apareció, Mateo parecía estar preocupado por otra cosa.

—¿Qué…?

Se quedó callado.

El león retrocedió apenas un paso.

Mateo abrió mucho los ojos.

¿Qué podía hacer que un animal como aquel dudara?

Entonces escuchó un ruido.

Muy leve.

Detrás del león.

Mateo intentó girar la cabeza.

No podía ver bien.

La cadena no le permitía moverse lo suficiente.

—No…

El rostro del hombre cambió.

Ya no era solamente miedo.

Era reconocimiento.

Como si acabara de comprender algo imposible.

El león permanecía inmóvil.

Mateo miró fijamente por encima del hombro del animal.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Él no debería estar aquí…

El león volvió a gruñir.

Mateo dejó de luchar contra las cadenas.

Algo había captado completamente su atención.

—Porque si él está aquí, entonces…

La frase quedó suspendida.

Mateo abrió los ojos con absoluto terror.

Y en ese instante, la historia se detuvo.

Nadie supo qué había visto.

Nadie supo quién estaba detrás del león.

Y nadie pudo saber qué significaban realmente sus últimas palabras.

Porque el verdadero peligro quizá nunca había sido el animal que se acercaba lentamente hacia él.