Durante más de veinte años, Elena había conocido aquel río como la palma de su mano.
Sabía dónde el agua era poco profunda, dónde la corriente se volvía peligrosa después de las lluvias y qué zonas permanecían tranquilas incluso durante los días de viento.
También conocía perfectamente a su yegua.
Se llamaba Lucera.
Era una hermosa yegua de color castaño que había acompañado a Elena durante muchos años. Para Elena no era simplemente un animal. Era parte de su familia.
Lucera era tranquila.
Nunca había sido especialmente nerviosa y jamás había hecho algo parecido a lo que ocurrió aquella tarde.
Todo comenzó poco antes de que se pusiera el sol.
Elena había salido a caminar con Lucera por el sendero que bordeaba el río. El día había sido cálido y el aire tenía ese olor húmedo que siempre aparecía cerca del agua.
La mujer caminaba tranquilamente mientras sujetaba las riendas.
Lucera avanzaba a su lado.
Todo parecía normal.
Hasta que la yegua se detuvo.
Elena dio unos pasos antes de notar que las riendas estaban tensas.
—¿Qué pasa, Lucera?
La yegua no se movió.
Tenía la cabeza levantada y los ojos completamente fijos en el río.
Elena miró hacia el agua.
No vio nada.
La superficie estaba tranquila.
No había personas.
No había barcos.
No había animales.
Solo el reflejo de los árboles.
—Vamos —dijo Elena suavemente.
Lucera continuó inmóvil.
Entonces ocurrió algo que Elena jamás había imaginado.
La yegua dio un fuerte tirón.
Después otro.
Y de repente salió corriendo.
—¡Lucera!
Elena apenas pudo reaccionar.
La yegua corrió directamente hacia la orilla.
Y saltó.
Entró en el río con una fuerza tremenda.
El agua se levantó alrededor de su cuerpo.
Elena gritó su nombre y corrió hacia la orilla.
—¡Lucera! ¡Vuelve!
Pero Lucera no regresó.
Nadó.
Y lo hizo hacia una zona concreta del río.
Elena observó con incredulidad.
No entendía qué estaba pasando.
La yegua no parecía perdida.
Parecía estar siguiendo algo.
Cada pocos segundos bajaba la cabeza y miraba debajo del agua.
Elena comenzó a caminar por la orilla intentando seguirla.
—¿Qué estás buscando?
Lucera no podía responder.
Pero entonces llegó hasta una zona más profunda.
Se detuvo.
Y comenzó a golpear el agua con sus patas delanteras.
Elena sintió un escalofrío.
—Lucera…
La yegua volvió a golpear.
El agua salpicó alrededor de ella.
Después metió el hocico debajo de la superficie.
Elena se acercó.
—¿Hay algo ahí?
Por primera vez, la mujer sintió miedo.
No sabía qué podía haber visto el animal.
Tal vez un pez.
Tal vez una rama atrapada.
Tal vez algún objeto arrastrado por la corriente.
Pero Lucera no reaccionaba como un animal que hubiera encontrado algo interesante.
Parecía desesperada.
Elena entró lentamente en el agua.
El río estaba frío.
El fondo era irregular y resbaladizo.
—Vamos, niña —murmuró—. Ven conmigo.
Lucera giró la cabeza.
Miró a Elena.
Después volvió a mirar hacia abajo.
La mujer siguió su mirada.
Al principio no vio nada.
Solo agua oscura.
Pero después distinguió una sombra.
Fue apenas un instante.
Algo se movió debajo de la superficie.
Elena retrocedió.
Pensó que quizá había sido su imaginación.
Volvió a mirar.
Nada.
—Debe ser una rama…
Pero Lucera continuaba golpeando el agua.
Elena recordó entonces una vieja historia.
Su abuelo le había hablado muchas veces de aquel lugar.
Años atrás, mucho antes de que Elena naciera, un hombre había desaparecido cerca de esa zona del río.
Había salido una tarde y nunca había regresado.
Los vecinos buscaron durante días.
Encontraron algunas pertenencias.
Pero nunca encontraron el cuerpo.
Con el tiempo, la historia se convirtió en una leyenda.
Algunas personas decían que la corriente se lo había llevado.
Otros aseguraban que había quedado atrapado en una zona profunda.
Elena nunca había prestado demasiada atención a aquellas historias.
Hasta ese día.
Lucera volvió a golpear el agua.
Esta vez con tanta fuerza que Elena tuvo que cubrirse el rostro.
—¿Qué quieres enseñarme?
La yegua se quedó quieta.
Elena respiró profundamente.
Miró el agua.
Y entonces lo vio otra vez.
Una sombra.
Más grande.
Se desplazaba lentamente debajo de la superficie.
Elena sintió que el corazón se le aceleraba.
No parecía una rama.
No parecía un pez.
La forma tenía algo extrañamente humano.
La mujer dio un paso atrás.
—No…
Lucera comenzó a moverse hacia ella.
Elena pensó que finalmente estaba regresando.
Pero entonces la yegua giró nuevamente hacia el centro del río.
Y volvió a golpear el agua.
Elena no sabía qué hacer.
Una parte de ella quería salir inmediatamente.
Otra quería descubrir qué había visto Lucera.
Se acercó un poco más.
El agua le llegaba hasta las rodillas.
Miró hacia abajo.
Nada.
Entonces una burbuja apareció frente a ella.
Después otra.
Y otra.
Elena dejó de respirar.
Algo estaba debajo.
Lucera levantó la cabeza y lanzó un fuerte relincho.
La mujer miró al animal.
—¿Qué hay ahí?
La superficie volvió a moverse.
Esta vez, una forma apareció durante un instante.
Elena alcanzó a distinguir algo parecido a una mano.
Retrocedió inmediatamente.
Sintió que las piernas le temblaban.
No podía ser.
Quizá la luz estaba jugando con sus ojos.
Quizá era una rama.
Pero entonces la forma se movió.
Más cerca.
Mucho más cerca.
Lucera reaccionó de inmediato.
Se lanzó hacia aquel punto y comenzó a golpear el agua desesperadamente.
Elena gritó:
—¡Lucera, no!
El agua se agitó.
Durante unos segundos todo fue confusión.
La yegua desapareció parcialmente bajo la superficie.
Elena avanzó intentando alcanzarla.
Entonces escuchó un sonido.
Un golpe.
Después otro.
Y finalmente, silencio.
La superficie del río quedó completamente quieta.
Elena se quedó paralizada.
—Lucera…
La yegua reapareció lentamente.
Respiraba con fuerza.
Elena agarró las riendas.
—Vamos a salir de aquí.
Pero Lucera no se movió.
Seguía mirando hacia abajo.
La mujer siguió su mirada.
Y entonces volvió a ver aquella forma.
Esta vez estaba tan cerca que Elena pudo distinguir algo que parecía un rostro.
La mujer abrió los ojos.
No sabía si estaba viendo realmente a una persona.
No sabía si aquella figura llevaba allí unos minutos…
o muchos años.
El agua comenzó a moverse alrededor de ella.
Elena quiso retroceder.
Pero no pudo.
Lucera permanecía completamente quieta.
Como si estuviera esperando que Elena comprendiera algo.
Entonces la mujer escuchó un sonido.
Una voz.
Muy débil.
Casi un susurro.
Elena sintió que todo su cuerpo se congelaba.
La voz parecía venir directamente desde debajo del agua.
Miró a Lucera.
La yegua no apartaba los ojos de la superficie.
Elena tragó saliva.
Se inclinó lentamente.
—¿Hay alguien ahí?
No recibió respuesta.
Solo otra pequeña onda.
Después una sombra pasó justo debajo de ella.
Elena retrocedió.
—Pero… ¿qué estás intentando sacar?
Lucera lanzó un fuerte relincho.
Y justo en ese momento, algo volvió a moverse bajo la superficie.
Elena abrió la boca, pero no consiguió pronunciar una palabra.
La figura estaba subiendo.
Muy lentamente.
Y antes de que pudiera descubrir qué era, el agua volvió a cubrirla por completo.
Elena se quedó mirando el río.
Lucera permaneció a su lado.
Ninguna de las dos se movió.
Aquel día, Elena salió del río sin encontrar una explicación.
Pero desde entonces nunca volvió a pasar por aquel lugar sin recordar una cosa:
Lucera había visto algo debajo del agua antes que ella.
Y quizá, si la yegua no hubiera saltado aquel día, nadie habría descubierto jamás que aquello seguía allí.