Aquella tarde parecía una tarde cualquiera.
El sol comenzaba a bajar lentamente sobre el pequeño valle, tiñendo de dorado los árboles que rodeaban el río. El agua avanzaba con tranquilidad, apenas alterada por el viento. A simple vista, no había nada extraño.
Don Mateo llevaba más de veinte años recorriendo aquel camino con su caballo.
A sus sesenta y cinco años, conocía cada curva del sendero, cada árbol y cada rincón de aquella zona. Había crecido cerca del río y prácticamente podía caminar por allí con los ojos cerrados.
Y también conocía perfectamente a su caballo.
Era una yegua de color castaño, fuerte y tranquila, llamada Lucera.
Lucera nunca había sido un animal nervioso. Todo lo contrario. Era paciente, obediente y tenía una manera casi serena de observar el mundo.
Por eso, lo que ocurrió aquella tarde dejó a Don Mateo completamente desconcertado.
Estaban caminando junto al río cuando, sin ninguna advertencia, Lucera levantó la cabeza.
Se quedó inmóvil.
Don Mateo pensó que quizá había escuchado algún ruido entre los árboles.
—¿Qué pasa, muchacha? —preguntó mientras sujetaba las riendas.
Lucera no respondió, por supuesto.
Pero sus ojos estaban fijos en el agua.
Don Mateo miró hacia el río.
No vio nada.
Ni una persona.
Ni un animal.
Ni siquiera una rama flotando.
Entonces sucedió.
Lucera salió disparada hacia adelante.
—¡No!
Don Mateo apenas tuvo tiempo de reaccionar.
La yegua corrió directamente hacia la orilla y, en un movimiento completamente inesperado, saltó al río.
El impacto levantó una enorme cantidad de agua.
Don Mateo se quedó paralizado durante un segundo.
Después corrió hacia la orilla.
—¡Lucera! ¡¿Qué haces?!
La yegua no regresó.
Estaba nadando.
Pero había algo extraño en la manera en que lo hacía.
No parecía estar huyendo.
Parecía estar buscando algo.
Avanzaba hacia una zona más profunda del río mientras giraba constantemente la cabeza hacia abajo.
Don Mateo comenzó a caminar rápidamente por la orilla intentando seguirla.
—¡Vuelve! ¡Vamos, Lucera!
La yegua continuó.
Entonces se detuvo.
Durante unos segundos permaneció completamente quieta en medio del agua.
Don Mateo sintió que algo no estaba bien.
Lucera estaba mirando hacia abajo.
Muy lentamente, el animal comenzó a hundir la cabeza.
Después golpeó el agua con una de sus patas delanteras.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
—¿Qué estás viendo? —preguntó Don Mateo.
La yegua volvió a golpear el agua.
Esta vez con mucha más fuerza.
El sonido llegó hasta la orilla.
Don Mateo avanzó unos pasos dentro del agua.
El río estaba más oscuro allí.
La luz del atardecer ya no alcanzaba con claridad el fondo.
Entonces vio algo.
Al principio pensó que era una sombra producida por las ramas de los árboles.
Parpadeó.
La sombra desapareció.
Volvió a mirar.
Nada.
Don Mateo respiró profundamente.
Quizá estaba imaginando cosas.
Quizá Lucera simplemente había visto un pez.
Pero entonces el caballo volvió a reaccionar.
Se puso nervioso.
Comenzó a mover las patas con fuerza y a mirar desesperadamente hacia un punto concreto.
Don Mateo siguió la dirección de su mirada.
Y esta vez vio movimiento.
Algo se desplazó debajo de la superficie.
No pudo distinguir qué era.
Solo pudo ver una forma oscura que cruzó lentamente el agua.
Don Mateo sintió un escalofrío.
Había algo allí.
Algo que Lucera había visto mucho antes que él.
El hombre se quedó quieto.
Durante toda su vida había escuchado historias sobre aquel río. Historias que los mayores contaban cuando él era niño. Historias sobre personas que habían desaparecido décadas atrás y sobre cosas que, según algunos vecinos, podían verse bajo el agua.
Don Mateo nunca había creído ninguna de ellas.
Hasta ese momento.
Lucera comenzó a acercarse nuevamente a la orilla.
Don Mateo pensó que finalmente regresaría.
Pero la yegua se detuvo a pocos metros de él.
Miró hacia abajo una última vez.
Y entonces ocurrió algo que Don Mateo jamás olvidaría.
Debajo de la superficie apareció durante apenas un instante una forma mucho más clara.
No era un pez.
No era una rama.
Parecía la silueta de una persona.
Don Mateo retrocedió.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—No puede ser…
La figura desapareció inmediatamente.
El agua volvió a quedar tranquila.
Lucera permaneció inmóvil.
Don Mateo no sabía si acercarse o salir corriendo.
Entonces recordó algo.
Muchos años atrás, cuando todavía era un niño, había visto a su padre caminar por aquella misma orilla.
Su padre le había contado que una persona había desaparecido allí.
Nunca encontraron el cuerpo.
Durante décadas, Don Mateo había pensado que aquello era simplemente una de esas historias que crecen con el tiempo hasta convertirse en leyenda.
Pero ahora estaba mirando exactamente el lugar donde había ocurrido.
Y su caballo había saltado al río precisamente hacia ese punto.
Don Mateo dio otro paso.
El agua le llegaba ya a las rodillas.
—Lucera…
La yegua levantó la cabeza.
Lo miró directamente.
Después volvió a mirar hacia el agua.
Don Mateo siguió sus ojos.
Algo estaba subiendo.
Muy lentamente.
La superficie comenzó a romperse.
Primero apareció una sombra.
Después algo parecido a una mano.
Don Mateo abrió los ojos con incredulidad.
No podía moverse.
No sabía si debía acercarse para ayudar o retroceder.
Lucera lanzó un fuerte relincho.
Don Mateo dio un paso atrás.
Y justo cuando la superficie del agua estaba a punto de revelar lo que había debajo, escuchó una voz.
Una voz débil.
Casi imposible de distinguir.
El hombre se quedó completamente inmóvil.
Miró a Lucera.
Después volvió a mirar el agua.
—¡Dios mío… eso es…!
No terminó la frase.
Porque en ese instante, algo volvió a moverse debajo de la superficie.
Y esta vez estaba mucho más cerca.