El caballo que no quería dejarlo entrar

Don Mateo tenía sesenta y siete años y había vivido toda su vida en aquel pequeño pueblo rodeado de montañas. Conocía cada camino, cada árbol y cada sonido de la zona. Pero, sobre todo, conocía a su caballo.

Se llamaba Relámpago.

No era un caballo joven. Tenía diecinueve años, una cicatriz antigua sobre el ojo izquierdo y el temperamento tranquilo de un animal que había pasado casi toda su vida al lado de un ser humano. Mateo lo había comprado cuando apenas era un potrillo.

Durante casi dos décadas habían trabajado juntos.

Relámpago había tirado de su carro, lo había acompañado durante largas jornadas y había permanecido junto a él durante los inviernos más duros. Mateo incluso decía, medio en broma, que el animal conocía sus pensamientos antes de que él mismo los pronunciara.

Nunca había visto a Relámpago comportarse de aquella manera.

El terremoto ocurrió poco después del amanecer.

Primero se escuchó un ruido profundo, parecido al rugido de un tren pasando por debajo de la tierra. Después comenzaron a temblar las ventanas. Los platos cayeron de las estanterías. Las paredes crujieron.

Y entonces todo empezó a moverse.

Mateo cayó al suelo mientras intentaba llegar a la puerta. Cuando finalmente pudo salir, vio que varias casas del pueblo habían sufrido daños.

Pero una cosa le preocupaba más que cualquier otra.

Su casa.

La casa donde había vivido durante más de cuarenta años.

La construcción era antigua, de paredes gruesas y techo de tejas. Parte del techo había cedido y una de las paredes exteriores estaba cubierta de grandes grietas.

Mateo corrió hacia ella.

Relámpago estaba atado a pocos metros, nervioso pero aparentemente ileso.

—Tranquilo, muchacho —le dijo Mateo mientras pasaba junto a él—. Tengo que entrar.

No llegó a dar el segundo paso.

Relámpago tiró de la cuerda con una fuerza que Mateo nunca había visto en él.

El hombre se volvió sorprendido.

—¿Qué haces?

El caballo volvió a tirar.

Mateo intentó acercarse a la puerta.

Entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Relámpago se soltó.

Corrió hacia él y se colocó directamente delante de la entrada.

Mateo se quedó inmóvil.

—Vamos, Relámpago. Muévete.

El caballo no se movió.

Mateo intentó rodearlo.

Relámpago dio un paso lateral y volvió a bloquearle el camino.

—¡Vamos!

Mateo levantó las manos, desesperado.

Dentro de la casa había documentos importantes, fotografías de su esposa fallecida y algunas cosas que pertenecían a sus hijos. No podía simplemente quedarse allí mirando.

Intentó pasar una tercera vez.

Relámpago reaccionó inmediatamente.

Esta vez golpeó el suelo con una de sus patas delanteras.

¡Pum!

El sonido resonó entre las casas dañadas.

Mateo retrocedió.

El caballo respiraba con fuerza. Sus orejas estaban completamente levantadas y sus ojos permanecían fijos en la casa.

—¿Qué estás mirando?

Mateo siguió la dirección de su mirada.

Nada.

Solo oscuridad.

Polvo.

Madera rota.

Una puerta parcialmente abierta.

El hombre negó con la cabeza.

—No hay nadie ahí.

Pero Relámpago seguía bloqueando la entrada.

Mateo intentó agarrarlo por las riendas.

—¡Suéltame! ¡Mi casa está ahí!

El caballo retrocedió un poco.

Por un instante, Mateo creyó que finalmente lo dejaría pasar.

Pero no.

Relámpago volvió a colocarse frente a la puerta.

Y entonces dejó de moverse.

Completamente.

Aquello fue lo que más asustó a Mateo.

Hasta ese momento el animal había estado inquieto, tirando de él y golpeando el suelo. Ahora parecía una estatua.

Sus orejas apuntaban hacia la parte superior de la casa.

Mateo levantó lentamente la cabeza.

Una teja cayó al suelo.

Después otra.

El viento atravesó la estructura rota.

El hombre dio un paso atrás.

Entonces escuchó algo.

Un sonido muy débil.

Casi imperceptible.

Un crujido.

Mateo miró a Relámpago.

El caballo no apartaba los ojos de la casa.

—¿Qué hay ahí dentro? —susurró.

No obtuvo respuesta.

Solo silencio.

Mateo dio otro paso hacia atrás.

Y entonces escuchó una voz.

Muy baja.

Casi un susurro.

—Don…

Mateo se quedó paralizado.

Miró hacia la puerta.

Relámpago levantó la cabeza.

La voz volvió a escucharse.

—Don… no entre…

Mateo sintió que se le helaba el cuerpo.

Reconocía aquella voz.

O, al menos, creía reconocerla.

Era una voz humana.

Una voz que parecía venir del interior de la casa.

Pero aquello era imposible.

Mateo había vivido solo.

No había nadie que pudiera estar allí.

Durante unos segundos no pudo respirar.

Pensó en su esposa.

Pensó en sus hijos.

Pensó en todas las personas que había conocido durante su vida.

Y, finalmente, comprendió algo que le produjo todavía más miedo.

Relámpago no estaba intentando impedirle entrar por miedo al terremoto.

El caballo estaba intentando impedir que Mateo se acercara a algo que él había detectado mucho antes que su dueño.

Mateo miró nuevamente hacia la oscuridad.

—¿Quién eres? —preguntó.

No hubo respuesta.

Solo un ruido profundo dentro de la casa.

Como si algo pesado hubiera comenzado a moverse detrás de las paredes.

Relámpago dio un paso hacia atrás.

Mateo también.

Ninguno de los dos apartó la mirada de la entrada.

Durante unos segundos, el pueblo entero pareció quedarse en silencio.

Y entonces, desde el interior de la casa, volvió a escucharse aquella voz.

Esta vez un poco más fuerte.

—Don Mateo…

El hombre abrió los ojos.

La voz había pronunciado su nombre.

Pero Mateo todavía no sabía quién estaba allí.

Ni cómo había llegado hasta allí.

Ni por qué Relámpago había sabido que algo no estaba bien antes que él.

El caballo volvió a golpear el suelo con la pata.

Mateo levantó lentamente la mano.

Y, justo cuando estaba a punto de acercarse nuevamente a la puerta…

La estructura volvió a crujir.

Esta vez, mucho más fuerte.

Mateo se quedó mirando la oscuridad.

Y comprendió que la verdadera historia del terremoto quizá acababa de comenzar.