El lobo en la nieve

La tormenta había llegado antes de lo esperado.

A las seis de la tarde, el cielo todavía tenía una franja gris sobre las montañas. Una hora después, todo había desaparecido bajo una cortina de nieve.

El viento golpeaba los árboles con tanta fuerza que parecían crujir desde las raíces. La carretera de montaña ya no parecía una carretera. Era solamente una línea blanca que se perdía entre las sombras.

Elena tenía cincuenta y ocho años y conocía aquella zona desde hacía décadas. Había crecido en un pequeño pueblo al pie de las montañas y estaba acostumbrada a los inviernos difíciles. Había visto tormentas de nieve, carreteras cerradas y noches en las que el frío podía convertirse en una amenaza real.

Pero aquella noche era diferente.

Elena había salido para llevar unas medicinas a una vecina que vivía en una pequeña casa al otro lado del valle. Pensó que podía regresar antes de que empeorara el tiempo.

Se equivocó.

Cuando intentó volver, la nieve ya cubría completamente el camino.

Su teléfono había perdido la señal.

Elena decidió continuar a pie.

Al principio podía ver unos metros delante de ella. Después, apenas podía distinguir sus propias manos.

Se ajustó la bufanda alrededor del cuello y siguió caminando.

Un paso.

Otro.

Otro más.

El viento le golpeaba la cara y le hacía cerrar los ojos.

Entonces escuchó algo.

Un ruido entre la nieve.

Elena se detuvo.

Durante unos segundos no vio nada.

Pensó que había sido una rama.

Continuó caminando.

Y entonces ocurrió.

Un enorme lobo gris salió de la tormenta y se lanzó directamente hacia ella.

Elena gritó.

El animal agarró con los dientes el extremo de su bufanda y tiró con una fuerza inesperada.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —gritó Elena mientras intentaba liberarse.

Por un instante pensó que iba a morir.

Intentó retroceder.

El lobo volvió a tirar.

Elena cayó de rodillas sobre la nieve.

El animal podía haberla atacado.

Pero no lo hizo.

No mostró los dientes contra ella.

No intentó morderla.

Simplemente siguió tirando de la bufanda.

Hacia los árboles.

—¿Qué quieres? —preguntó Elena, aunque sabía que el animal no podía responder.

El lobo miró hacia atrás.

Después volvió a tirar.

Elena estaba aterrorizada.

Sin embargo, algo en el comportamiento del animal no parecía normal.

No estaba cazándola.

Parecía tener prisa.

Como si necesitara que ella lo siguiera.

Elena se levantó lentamente.

El lobo avanzó unos metros y volvió a detenerse.

La mujer respiró profundamente.

—Está bien…

Y comenzó a seguirlo.

Caminaron entre la nieve durante varios minutos.

Elena apenas podía mantener el equilibrio.

El viento continuaba rugiendo.

El lobo avanzaba unos metros delante de ella y luego miraba hacia atrás para comprobar que seguía allí.

Finalmente llegaron a una zona protegida entre varias grandes rocas.

El viento era menos intenso.

Elena se apoyó contra una roca y respiró con dificultad.

Entonces el lobo se detuvo.

No avanzó.

Simplemente miró hacia el suelo.

Elena siguió su mirada.

Al principio no entendió lo que estaba viendo.

Había huellas.

Las huellas del lobo.

Las de sus propias botas.

Pero había otras.

Mucho más pequeñas.

Elena se quedó inmóvil.

Se agachó.

Pasó los dedos por una de las marcas.

Eran huellas de zapatos pequeños.

De niño.

Su expresión cambió inmediatamente.

El miedo desapareció de sus ojos y fue reemplazado por una mezcla de confusión y terror.

—¿De quién son esas huellas…?

El lobo levantó la cabeza.

Miró hacia la oscuridad.

Elena también.

No había nadie.

Solo nieve.

Árboles.

Viento.

Y oscuridad.

Entonces escuchó algo.

Un sonido muy débil.

Casi imperceptible.

Como un pequeño sollozo.

Elena dejó de respirar por un instante.

Miró al lobo.

El animal ya estaba mirando hacia el mismo lugar.

La mujer dio un paso adelante.

Después otro.

—¿Hay alguien ahí?

No recibió respuesta.

Volvió a escuchar el sonido.

Esta vez estaba segura.

Era alguien.

O al menos eso parecía.

Elena sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Durante toda su vida había escuchado historias sobre lobos en aquellas montañas. Historias de animales salvajes que evitaban a los seres humanos y desaparecían en cuanto escuchaban pasos.

Pero aquel lobo había hecho exactamente lo contrario.

Había salido de la tormenta.

La había encontrado.

Había tirado de ella.

Y la había llevado hasta aquellas huellas.

Elena miró nuevamente las pequeñas marcas en la nieve.

Eran recientes.

Muy recientes.

El viento todavía no las había cubierto.

Eso significaba que alguien pequeño había pasado por allí hacía muy poco tiempo.

Un niño.

Quizás una niña.

Alguien estaba perdido en la tormenta.

Y el lobo lo sabía.

Elena levantó la vista.

El animal dio un paso hacia la oscuridad.

Luego se detuvo.

Como si estuviera esperando que ella lo siguiera.

La mujer apretó los labios.

Ya no tenía miedo del lobo.

Ahora tenía miedo de lo que podía encontrar.

—Voy contigo —susurró.

El lobo desapareció lentamente entre los árboles.

Elena lo siguió.

Cada paso la alejaba del camino conocido.

Cada segundo hacía más difícil regresar.

Pero las pequeñas huellas continuaban delante de ella.

De repente, las huellas desaparecieron detrás de una gran roca.

Elena se detuvo.

—¿Dónde están?

Miró a su alrededor.

Nada.

El lobo también había desaparecido.

Entonces escuchó nuevamente aquel sonido.

Más cerca.

Mucho más cerca.

Elena giró lentamente la cabeza.

Sus ojos se abrieron.

Había algo al otro lado de la roca.

Algo que ella todavía no podía ver.

Y justo cuando dio un paso hacia adelante, el lobo apareció de nuevo.

Esta vez no estaba solo.

Elena se quedó completamente paralizada.

No dijo una palabra.

Solo miró hacia delante, con el rostro lleno de incredulidad.

La tormenta seguía rugiendo alrededor de ellos.

Y lo que había detrás de aquella roca estaba a punto de revelar por qué el lobo había arriesgado su propia vida para encontrarla.

Pero Elena todavía no estaba preparada para verlo.