La lluvia había comenzado durante la madrugada.
Al principio, nadie en el pequeño vecindario imaginó que aquella tormenta sería diferente de tantas otras. Era finales de temporada de lluvias y los vecinos estaban acostumbrados a escuchar el golpeteo constante del agua contra las ventanas, a ver las calles llenarse lentamente de charcos y a esperar que, después de unas horas, las nubes finalmente se alejaran.
Pero aquella vez el agua no se detuvo.
Durante toda la mañana, la lluvia cayó con una fuerza extraordinaria. Los desagües comenzaron a desbordarse. Los pequeños arroyos que rodeaban la zona crecieron rápidamente y las calles empezaron a convertirse en corrientes de agua.
María, una mujer de 65 años, estaba en casa cuando escuchó el primer golpe fuerte contra la puerta.
Miró por la ventana.
El agua ya cubría parte del jardín.
Su primera preocupación no fue ella misma.
Fue Luna.
Luna era una pequeña perrita mestiza de color marrón y blanco que María había encontrado años atrás cerca de un mercado. Era pequeña, nerviosa y extremadamente cariñosa. Desde que había llegado a su vida, Luna dormía junto a la puerta de su habitación y la seguía prácticamente a todas partes.
Cuando el agua comenzó a entrar por la parte baja de la casa, María tomó una pequeña bolsa, agarró algunos documentos importantes y llamó a Luna.
La perrita corrió hacia ella.
—Vamos, pequeña.
Pero antes de que pudieran salir, escucharon un ruido que hizo temblar las paredes.
Una corriente de agua había golpeado la parte trasera de la casa.
El nivel subió de repente.
María comprendió que ya no podía salir por la puerta.
Intentó llegar hasta una zona más alta de la casa, pero el agua seguía aumentando.
Finalmente, consiguió subir al techo.
Luna estaba con ella.
Durante varios minutos permanecieron allí, bajo una lluvia intensa, mientras el vecindario desaparecía lentamente bajo el agua.
Desde el techo, María podía ver automóviles flotando, ramas arrastradas por la corriente y objetos de las casas que habían sido arrancados por la fuerza del agua.
Entonces llegó una ola especialmente fuerte.
La estructura de la casa tembló.
Luna perdió el equilibrio.
María se lanzó hacia ella sin pensarlo.
La agarró justo antes de que la pequeña perrita cayera por el borde del techo.
—¡Luna!
La abrazó con fuerza.
Por unos segundos, ninguna de las dos se movió.
María respiraba con dificultad. Tenía el rostro cubierto de agua y las manos temblorosas.
Pero Luna seguía viva.
La mujer la apretó contra su pecho.
—Ya estás conmigo.
Pensó que lo peor había pasado.
No sabía que aquello apenas comenzaba.
Después de unos minutos, Luna levantó la cabeza.
María esperaba que estuviera buscando refugio o intentando encontrar un lugar donde esconderse.
Pero la perrita estaba mirando hacia otro lado.
Al otro lado de una estrecha corriente de agua estaba la casa de los vecinos.
Solo quedaba visible la parte superior.
En el segundo piso había una ventana cerrada.
Luna comenzó a ladrar.
María la miró.
—¿Qué pasa?
La perrita no respondió, por supuesto.
Solo siguió mirando aquella ventana.
Entonces ladró otra vez.
Más fuerte.
María intentó tranquilizarla.
—Tranquila, pequeña. Aquí estamos a salvo.
Pero Luna no quería mirar a María.
No quería refugiarse.
No quería descansar.
Seguía concentrada en la misma ventana.
De repente comenzó a arañar las tejas del techo.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Después volvió a ladrar.
María siguió la dirección de su mirada.
Su expresión cambió.
La ventana estaba completamente cerrada.
No se veía movimiento.
Pero algo dentro de ella comenzó a producir una sensación difícil de explicar.
Quizás era el instinto.
Quizás era simplemente el miedo.
O quizás Luna realmente había escuchado algo.
María se puso de pie lentamente.
El viento casi la hizo perder el equilibrio.
—¿Qué viste?
Luna respondió con otro ladrido.
María dio un paso hacia el borde del techo.
La corriente que separaba ambas casas era cada vez más rápida.
No había forma segura de cruzar.
Entonces María escuchó algo.
Muy débil.
Tan débil que durante un instante pensó que era producto del viento.
Se quedó inmóvil.
Luna también dejó de ladrar.
María levantó la cabeza.
Esperó.
Nada.
Entonces llegó el sonido otra vez.
Un golpe.
Desde la casa vecina.
María sintió que se le helaba el cuerpo.
Miró la ventana.
Seguía cerrada.
Otro golpe.
Esta vez fue más claro.
Alguien estaba allí.
María acercó una mano a su boca.
—Dios mío…
Luna comenzó a ladrar desesperadamente.
María miró el agua que las separaba de la otra casa.
Sabía que intentar cruzar podía significar morir.
Sabía que la corriente podía arrastrarla en cuestión de segundos.
Pero también sabía que alguien podía estar atrapado detrás de aquella ventana.
Y si era cierto, cada minuto importaba.
La mujer dio un paso más.
El agua golpeaba las paredes de la casa.
Luna se adelantó hasta el borde y miró fijamente la ventana.
María tragó saliva.
—Hay alguien ahí…
La ventana no se abrió.
No apareció ningún rostro.
Solo otro golpe desde el interior.
Y entonces Luna hizo algo que María jamás había visto hacer.
Saltó hacia el agua.
María gritó su nombre y se lanzó detrás de ella.
La corriente se cerró sobre las dos.
Y, al otro lado de la calle inundada, la ventana comenzó lentamente a abrirse…