La lluvia llevaba horas cayendo cuando Ernesto comprendió que aquella noche no sería como las demás.
Tenía 67 años y había vivido en aquel barrio durante casi toda su vida.
Conocía sus calles, sus casas y hasta los sonidos que hacía cada edificio cuando llegaba una tormenta.
Sabía cuándo una lluvia era simplemente una lluvia fuerte.
Y sabía cuándo había que preocuparse.
Aquella noche había llegado el segundo momento.
El agua había comenzado a subir poco después de las diez.
Primero cubrió las aceras.
Después llegó a las ruedas de los automóviles.
Media hora más tarde, la calle parecía un río.
Ernesto estaba en casa preparando una pequeña mochila cuando escuchó golpes contra la puerta.
No eran golpes humanos.
Era el agua.
Una corriente había comenzado a entrar por el jardín delantero.
Ernesto miró por la ventana y sintió un escalofrío.
Algunos vecinos ya habían abandonado sus casas.
Otros intentaban subir a las plantas superiores.
Las luces de varias viviendas habían desaparecido.
El barrio estaba quedándose a oscuras.
Ernesto tomó su teléfono, una linterna y una chaqueta impermeable.
Iba a salir cuando escuchó algo.
Un ladrido.
Miró hacia la calle.
Un perro estaba atrapado encima del techo de un automóvil.
Ernesto abrió la puerta.
—¡Vamos! —gritó.
Pero antes de llegar al automóvil, una corriente de agua golpeó con tanta fuerza que tuvo que agarrarse a una verja.
Entonces levantó la cabeza.
Y vio la ventana.
Al otro lado de la calle había una casa abandonada.
Llevaba años vacía.
Los vecinos decían que nadie vivía allí desde hacía mucho tiempo.
Sin embargo, aquella noche había una niña detrás de la ventana del segundo piso.
Ernesto parpadeó.
La niña no se movía.
Estaba completamente quieta.
Tenía el cabello mojado pegado a la cara y llevaba un vestido claro.
Parecía tener unos siete años.
Ernesto sintió inmediatamente que algo no estaba bien.
Una niña sola en una casa abandonada durante una inundación.
No podía dejarla allí.
—¡Niña! —gritó.
La niña levantó ligeramente la cabeza.
No respondió.
Ernesto miró a su alrededor.
No había ningún adulto.
Ningún automóvil estacionado frente a la casa.
Ninguna luz encendida en las otras ventanas.
Solo aquella pequeña figura detrás del cristal.
—¡No tengas miedo! ¡Voy por ti!
La corriente le llegaba casi a la cintura.
Aun así, Ernesto soltó la verja y comenzó a avanzar.
Cada paso era difícil.
El agua empujaba sus piernas hacia atrás.
Una rama pasó flotando junto a él.
Después una silla.
Después una bolsa.
La inundación estaba arrastrando partes enteras de las casas del barrio.
Ernesto siguió avanzando.
No podía dejar de mirar la ventana.
La niña seguía allí.
Esperándolo.
Cuando finalmente llegó a la casa, agarró la puerta principal.
Estaba atascada.
Tiró una vez.
Nada.
Tiró otra vez.
Nada.
Entonces utilizó todo su peso.
La puerta se abrió violentamente.
Una corriente de agua entró detrás de él.
Ernesto casi perdió el equilibrio.
Se agarró al marco y miró hacia las escaleras.
—¡Ya voy!
La niña seguía arriba.
Comenzó a subir.
El agua cubría el suelo del primer piso.
Los muebles flotaban lentamente.
Una fotografía familiar pasó junto a sus pies.
Ernesto subió un escalón.
Luego otro.
La lluvia golpeaba el techo.
El viento silbaba a través de una ventana rota.
Y, de repente, dejó de ver a la niña.
Ernesto se quedó inmóvil.
Había estado mirando hacia arriba apenas unos segundos antes.
La niña estaba allí.
Ahora no.
—¿Dónde estás?
Nadie respondió.
Subió los últimos escalones.
El pasillo del segundo piso estaba completamente vacío.
A la izquierda había una habitación.
A la derecha, otra.
Al fondo estaba la ventana.
Ernesto caminó hacia ella.
El cristal estaba cubierto de gotas de lluvia.
Miró hacia afuera.
La niña tampoco estaba allí.
Entonces escuchó un sonido.
Una pequeña respiración.
Ernesto giró lentamente.
Nada.
—¿Niña?
Silencio.
Después escuchó una voz.
Muy baja.
—Señor…
Venía de la habitación a su derecha.
Ernesto sintió que se le erizaba la piel.
Entró lentamente.
La habitación estaba vacía.
Había una cama vieja.
Un armario.
Una pequeña silla.
Nada más.
—¿Dónde estás?
La respuesta llegó desde detrás de él.
—Aquí.
Ernesto giró rápidamente.
La puerta estaba abierta.
Pero no había nadie.
Entonces vio algo sobre la silla.
Una pequeña fotografía.
La tomó.
En la imagen aparecía una familia frente a aquella misma casa.
Un hombre.
Una mujer.
Y una niña.
Ernesto miró el rostro de la niña.
Era la misma que había visto en la ventana.
Sintió un escalofrío.
Volvió a mirar la fotografía.
Había una fecha escrita en la parte inferior.
La foto tenía más de veinte años.
Ernesto dejó caer la fotografía.
No entendía cómo podía ser posible.
La niña que acababa de ver parecía tener siete años.
Pero aquella fotografía era demasiado antigua.
Entonces escuchó otra vez su voz.
Esta vez justo detrás de él.
—Señor…
Ernesto cerró los ojos.
No quería darse la vuelta.
—¿Qué quieres? —preguntó con voz temblorosa.
La niña respondió:
—Mire detrás de usted.
Ernesto sintió que el corazón se le detenía.
Durante unos segundos no se movió.
Afuera, el agua seguía subiendo.
El viento golpeaba las ventanas.
La casa crujía.
Finalmente, comenzó a girar lentamente la cabeza.
Sus ojos se abrieron.
Su rostro cambió por completo.
No llegó a decir una palabra.
Porque lo que estaba detrás de él no era la niña.
Y aquello explicaba por qué ella había querido que entrara en la casa.
Ernesto dio un paso hacia atrás.
La fotografía cayó al suelo.
La pequeña figura de la niña apareció reflejada en el cristal de la ventana.
Pero esta vez no estaba sola.
Había alguien de pie detrás de ella.
Ernesto quiso gritar.
Y en ese mismo instante, todas las luces de la casa se encendieron.
Aunque aquella casa llevaba años sin electricidad.
La inundación seguía creciendo afuera.
Y la puerta del piso superior comenzó a cerrarse lentamente.
Ernesto comprendió que había cometido un error.
No había entrado en aquella casa para salvar a la niña.
La niña había conseguido que él entrara.
Y ahora estaba allí dentro con ellos.