La lluvia comenzó un martes por la tarde, como tantas otras veces.
Nadie en el barrio pensó que aquella tormenta sería diferente.
Durante años, los vecinos habían visto fuertes lluvias. Habían aprendido a reconocer los sonidos de una tormenta: el golpeteo de las gotas contra las ventanas, los truenos que hacían vibrar los cristales y el viento que doblaba las ramas de los árboles.
Pero aquella tarde había algo distinto.
El cielo se volvió casi negro antes de que anocheciera.
En una pequeña casa al final de una calle tranquila vivía Mateo, un hombre de 68 años que conocía cada rincón de aquel vecindario. Había vivido allí durante más de tres décadas. Había visto crecer a sus hijos en aquella casa y, con el paso de los años, había aprendido a disfrutar de las cosas sencillas.
Una taza de café por la mañana.
Una llamada de sus hijos los domingos.
Y, sobre todo, la compañía de Bruno, su perro.
Bruno llevaba muchos años con él. Ya no era un cachorro. Tenía el hocico cubierto de canas y caminaba más despacio que antes, pero seguía teniendo la misma costumbre de seguir a Mateo por toda la casa.
Aquella tarde, sin embargo, Mateo estaba solo.
Su familia vivía en otra ciudad.
Cuando comenzó la tormenta, cerró las ventanas y encendió una pequeña lámpara en la sala. Afuera, la lluvia golpeaba cada vez con más fuerza.
Entonces escuchó un ruido.
No era un trueno.
Era agua.
Mateo se acercó a la ventana.
La calle estaba comenzando a llenarse.
Al principio parecía un charco enorme.
Después, el agua llegó hasta las ruedas de los automóviles.
Cinco minutos más tarde, cubría las aceras.
Mateo sintió un nudo en el estómago.
Había vivido allí treinta años y jamás había visto subir el agua tan rápido.
Corrió hacia la puerta trasera para buscar a Bruno.
El perro no estaba.
—¡Bruno!
No hubo respuesta.
Mateo recorrió la casa.
La cocina.
El pasillo.
El dormitorio.
Nada.
Entonces escuchó un ladrido.
Venía del exterior.
Mateo abrió la puerta principal y lo vio.
Bruno estaba sobre el techo de la casa.
El agua había arrastrado una parte de la cerca y había convertido el patio en un río. El perro había conseguido subir hasta el tejado, pero estaba atrapado.
Mateo no lo pensó.
Salió.
El agua ya le llegaba a las rodillas.
Un automóvil estacionado frente a la casa flotaba lentamente y chocaba contra otros vehículos.
Mateo avanzó hacia él.
Cada paso era más difícil que el anterior.
El agua tenía una fuerza brutal.
Entonces una corriente golpeó el automóvil.
El vehículo se movió de repente.
Mateo perdió el equilibrio.
Durante un instante creyó que iba a caer.
Se agarró al capó.
Bruno comenzó a ladrar desesperadamente desde el tejado.
—¡Estoy aquí! —gritó Mateo.
El agua seguía subiendo.
Mateo utilizó el automóvil como apoyo y consiguió acercarse a la casa. Luego agarró el borde del tejado y comenzó a subir.
Sus manos temblaban.
Sus zapatos resbalaban.
Pero finalmente consiguió levantar una pierna y subir.
Bruno corrió hacia él.
Mateo abrazó al perro con todas sus fuerzas.
—Tranquilo… ya estás conmigo.
Bruno dejó de ladrar.
Durante unos segundos, todo pareció estar bien.
Solo estaban ellos dos.
La lluvia.
El viento.
El agua.
Mateo apoyó la cabeza contra la del perro y cerró los ojos.
Pero entonces Bruno se quedó completamente inmóvil.
Mateo abrió los ojos.
El perro ya no lo miraba a él.
Miraba hacia abajo.
Hacia el agua.
Sus orejas estaban levantadas.
Su cuerpo comenzó a tensarse.
—¿Qué pasa? —preguntó Mateo.
Bruno no respondió.
Solo observaba un punto concreto entre los vehículos y los restos de madera que flotaban en la calle.
Mateo siguió la mirada del animal.
Al principio no vio nada.
Solo agua oscura.
Corrientes.
Objetos flotando.
Pero entonces algo golpeó suavemente el costado de un automóvil.
Mateo se quedó inmóvil.
El golpe volvió a escucharse.
Una vez.
Después otra.
No parecía el sonido de una rama.
No parecía un objeto arrastrado por la corriente.
Era demasiado regular.
Mateo apretó al perro contra su pecho.
—Bruno…
El perro comenzó a gruñir.
Mateo se inclinó lentamente sobre el borde del tejado.
El agua estaba demasiado oscura.
La lluvia hacía imposible distinguir lo que había debajo.
Entonces vio algo.
Por un instante.
Una forma.
Algo que parecía moverse bajo la superficie.
Mateo retrocedió.
Su rostro perdió el color.
Bruno comenzó a ladrar.
Mateo miró otra vez.
La corriente pasó sobre el lugar.
Ya no había nada.
Solo agua.
—No puede ser…
El hombre respiró profundamente y volvió a mirar.
Esta vez la superficie estaba quieta durante apenas un segundo.
Y entonces algo golpeó desde abajo.
El agua se levantó junto al automóvil.
Mateo se quedó paralizado.
Bruno también.
El hombre miró hacia el lugar y comenzó a decir:
—Pero… ¿qué es eso…?
Nunca terminó la frase.
Porque en ese instante, algo volvió a moverse debajo del agua.
Y estaba mucho más cerca del tejado.
La tormenta continuó.
El nivel del agua siguió subiendo.
Y Mateo comprendió que salvar a Bruno quizá no había sido el final de aquella pesadilla.
Tal vez solo había sido el principio.