Cuando Carmen recibió aquella llamada, estaba a punto de preparar la cena.
Era una tarde tranquila.
La luz del sol entraba por las ventanas de su pequeña casa y proyectaba sombras largas sobre el suelo de la sala.
Carmen había vivido allí durante casi treinta años.
Conocía cada rincón.
Cada ruido.
Cada vecino.
Y conocía a Rocky.
Rocky era un perro mestizo de pastor alemán que llevaba seis años con ella.
No era especialmente juguetón.
Tampoco ladraba sin motivo.
De hecho, Carmen siempre decía que Rocky parecía tener un sexto sentido.
—Tú sabes cosas que nosotros no sabemos —le decía algunas veces.
Y aquella tarde, ese comentario iba a adquirir un significado completamente diferente.
Carmen tenía 64 años.
Su hijo Daniel vivía a unos cuarenta minutos de distancia.
No se veían todos los días, pero hablaban con frecuencia.
Aquella tarde, mientras Carmen cortaba unas verduras en la cocina, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Era Daniel.
Contestó inmediatamente.
—Hola, hijo.
Al otro lado se escuchó su voz.
Pero algo no estaba bien.
Daniel hablaba muy rápido.
Carmen dejó el cuchillo sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
Hubo unos segundos de silencio.
Después Daniel dijo algo que Carmen no entendió completamente.
La llamada se cortó.
Carmen miró la pantalla.
Intentó devolver la llamada.
No respondió.
Volvió a marcar.
Nada.
Entonces escuchó un ladrido detrás de ella.
Rocky estaba mirando el teléfono.
Carmen frunció el ceño.
—¿Qué?
El perro se acercó.
De repente, saltó.
Agarró el teléfono con los dientes y lo tiró al suelo.
Carmen se quedó completamente sorprendida.
—¡Rocky!
El perro nunca había hecho algo parecido.
Carmen se agachó para recoger el teléfono.
Rocky se interpuso.
—Dámelo.
El perro no se movió.
En cambio, miró hacia la ventana.
Después volvió a mirar a Carmen.
Luego otra vez hacia la ventana.
—¿Qué te pasa?
Rocky empezó a caminar hacia el cristal.
Carmen lo siguió.
El perro permaneció inmóvil frente a la ventana, mirando hacia la calle.
Carmen apartó ligeramente la cortina.
Al principio no vio nada extraño.
La calle parecía normal.
Pero entonces distinguió un automóvil detenido al otro lado.
Era el coche de Daniel.
Carmen reconoció inmediatamente la matrícula.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
El coche estaba estacionado de una manera extraña.
No estaba completamente dentro del arcén.
Una de las puertas estaba abierta.
La puerta del conductor.
Carmen sintió que algo no estaba bien.
—Daniel…
Rocky empezó a gruñir.
Carmen miró al perro.
—¿Es él?
El perro no respondió, por supuesto.
Pero se quedó mirando el coche.
Carmen tomó el teléfono.
Esta vez consiguió llamar.
No hubo respuesta.
Volvió a llamar.
Nada.
Entonces Rocky dejó de mirar el coche.
Carmen pensó que quizá finalmente se había calmado.
Pero no.
El perro estaba mirando mucho más lejos.
Hacia la línea de árboles que comenzaba detrás de la carretera.
Carmen entrecerró los ojos.
No entendía qué estaba viendo.
—¿Qué hay allí?
Rocky no se movió.
El perro tenía las orejas completamente levantadas.
Su cuerpo estaba rígido.
Carmen sintió un frío extraño recorrerle la espalda.
Entonces escuchó algo.
Un sonido muy leve.
Una rama rompiéndose.
Carmen retrocedió.
—¿Daniel?
No hubo respuesta.
Rocky soltó un ladrido fuerte y corrió hacia la puerta principal.
Carmen lo siguió.
Cuando abrió la puerta, el perro salió disparado hacia la carretera.
—¡Rocky, vuelve!
Pero el animal no obedeció.
Corrió directamente hacia el coche de Daniel.
Carmen avanzó unos pasos y se detuvo.
Desde allí podía ver claramente la puerta abierta.
El interior del vehículo estaba vacío.
El teléfono de Daniel estaba en el asiento del conductor.
Y entonces Carmen comprendió algo que la aterrorizó.
La llamada que había recibido no había terminado normalmente.
Alguien había interrumpido la comunicación.
Rocky se detuvo junto al coche.
No entró.
No ladró.
Simplemente levantó la cabeza y miró hacia los árboles.
Carmen llegó hasta él.
—¿Dónde está mi hijo?
El perro dio un paso hacia la oscuridad.
Carmen quiso seguirlo.
Pero Rocky se volvió y le bloqueó el camino.
Por primera vez, Carmen entendió por qué le había quitado el teléfono.
No quería que ella llamara a Daniel.
No quería que mirara la pantalla.
Quería que ella mirara por la ventana.
Quería que ella viera el coche.
Y, sobre todo, quería mantenerla lejos de aquel bosque.
Carmen respiró profundamente.
Entonces escuchó nuevamente una rama romperse.
Esta vez mucho más cerca.
Rocky gruñó.
Carmen levantó la mirada.
Entre los árboles apareció una sombra.
Solo durante un instante.
Después desapareció.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
Rocky avanzó un paso.
Carmen lo agarró del collar.
Y entonces el perro hizo algo todavía más extraño.
Se volvió hacia ella y comenzó a tirar de su ropa en dirección contraria.
Como si quisiera obligarla a regresar a la casa.
Carmen miró una última vez hacia los árboles.
No sabía qué había allí.
No sabía dónde estaba Daniel.
Pero una cosa estaba clara.
Rocky no había destruido el teléfono por accidente.
Había intentado llamar su atención.
Y ahora estaba intentando mantenerla con vida.
Carmen volvió lentamente hacia la casa.
Rocky permaneció junto a ella.
Antes de cerrar la puerta, Carmen miró una última vez hacia el coche.
La puerta del conductor seguía abierta.
Y dentro del vehículo, el teléfono de Daniel comenzó a sonar.
Pero Daniel no estaba allí para contestar.
Rocky levantó la cabeza.
Y comenzó a gruñir hacia la oscuridad.
Carmen sintió que su mano temblaba sobre el picaporte.
Todavía no sabía dónde estaba su hijo.
Pero por la forma en que Rocky miraba los árboles, comprendió algo todavía peor:
el perro sabía que alguien seguía allí.