La cicatriz que nunca desapareció

Durante muchos años, Mateo evitó hablar de aquella noche.

No porque hubiera olvidado lo sucedido.

Precisamente por lo contrario.

Lo recordaba demasiado bien.

Recordaba el frío. Recordaba el sonido de las ramas secas bajo sus botas. Recordaba el miedo de sus animales. Y, sobre todo, recordaba los ojos amarillos que lo habían observado desde la oscuridad segundos antes de que él levantara el rifle.

Habían pasado más de veinte años.

Mateo ya no era el hombre que había sido entonces. Ahora tenía el cabello completamente gris, las manos marcadas por el trabajo y un rostro en el que cada arruga parecía guardar una historia. Vivía solo en una pequeña propiedad rodeada de bosque, lejos del pueblo más cercano.

Aquella tarde había salido para revisar el viejo granero.

El viento había cambiado y las nubes anunciaban una noche fría. Mateo llevaba una chaqueta marrón gastada y sostenía un pequeño cubo de metal mientras caminaba hacia el granero.

No esperaba encontrar nada.

Mucho menos aquello.

Cuando abrió la puerta, el interior estaba casi completamente oscuro.

Mateo dio un paso.

Y entonces ocurrió.

Algo salió disparado desde las sombras.

Un enorme lobo gris se lanzó contra él y atrapó con los dientes la manga de su chaqueta.

Mateo gritó y retrocedió violentamente.

El cubo cayó al suelo.

El golpe metálico resonó por todo el granero.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

Mateo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

El animal era enorme.

Su pelaje estaba sucio y tenía manchas de sangre. Una de sus patas parecía herida. El hombre esperaba el mordisco.

Pero no llegó.

El lobo simplemente mantenía los dientes sobre la tela de su chaqueta.

Entonces levantó la cabeza.

Y lo miró.

Mateo dejó de respirar por un segundo.

Había algo extraño en aquella mirada.

No era simplemente la mirada de un animal asustado.

Era una mirada que parecía reconocerlo.

—No… —susurró Mateo.

El lobo soltó lentamente la manga.

Mateo no se movió.

Sus ojos bajaron hacia el costado del animal.

Allí había una cicatriz.

Una cicatriz larga y vieja que atravesaba el pelaje gris.

Mateo sintió un escalofrío.

Conocía aquella cicatriz.

O, al menos, conocía una muy parecida.

Muchos años antes, cuando todavía era un hombre joven, Mateo había perdido varias ovejas. Durante varias noches había encontrado huellas alrededor de su propiedad. Un lobo había comenzado a acercarse demasiado.

Los vecinos le dijeron que debía matarlo.

«Si vuelve, dispara primero», le habían advertido.

Y una noche volvió.

Mateo lo vio entre los árboles.

Era más joven, pero tenía la misma mirada.

El animal había entrado en el cercado.

Mateo levantó el rifle.

El disparo rompió el silencio.

El lobo cayó.

Mateo nunca supo si había muerto.

Lo vio arrastrarse hacia el bosque dejando un rastro de sangre.

Después esperó.

Nunca volvió a verlo.

Con los años, Mateo intentó convencerse de que había hecho lo necesario.

Era joven.

Tenía miedo.

Quería proteger su ganado.

Pero algunas noches, cuando el viento soplaba entre los árboles, recordaba aquellos ojos.

Ahora estaban frente a él otra vez.

Más viejos.

Más cansados.

Pero inconfundibles.

Mateo dio un pequeño paso hacia el animal.

—Esa cicatriz… —murmuró.

El lobo no retrocedió.

Solo lo observó.

Mateo sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Eras tú…

El animal giró lentamente la cabeza hacia la puerta del granero.

Luego caminó hacia ella.

Cojeaba.

Dio un paso.

Después otro.

Al llegar a la entrada, se detuvo.

Mateo pensó que iba a desaparecer entre los árboles.

Pero el lobo volvió la cabeza.

Lo estaba mirando otra vez.

Como si esperara algo.

Como si quisiera que lo siguiera.

Mateo miró el bosque.

Estaba oscuro.

Demasiado oscuro.

No sabía por qué aquel animal había regresado después de tantos años. No sabía cómo había sobrevivido. Tampoco sabía por qué había ido precisamente hasta su granero.

Pero había algo en aquella mirada que no podía ignorar.

Tomó aire.

Y dio un paso hacia la puerta.

Entonces escuchó un sonido.

Un aullido.

Lejano.

Profundo.

Procedía del interior del bosque.

Mateo se quedó inmóvil.

El lobo herido también levantó la cabeza.

Otro aullido respondió desde algún lugar mucho más cercano.

Mateo miró al animal.

Después miró los árboles.

Su rostro cambió.

Ya no parecía estar recordando el pasado.

Ahora parecía comprender que había algo mucho más importante detrás de aquella visita.

—¿Hay otro…?

No terminó la frase.

El lobo comenzó a caminar.

Mateo lo siguió con la mirada.

Durante décadas había pensado que aquella historia había terminado la noche en que disparó.

Ahora comprendía que quizá nunca había terminado.

Quizá el lobo no había regresado para vengarse.

Quizá había regresado porque necesitaba algo.

O porque quería mostrarle algo.

Y mientras el animal desaparecía lentamente entre los árboles, Mateo escuchó un tercer sonido desde la oscuridad.

Esta vez no fue un aullido.

Fue algo diferente.

Algo que hizo que se quedara completamente inmóvil frente al bosque.

Mateo apretó los puños.

Su respiración se volvió más rápida.

Porque, por primera vez en veinte años, entendió una cosa:

el lobo no había venido solo.

Y lo que esperaba encontrar al otro lado de aquellos árboles podía cambiar para siempre todo lo que Mateo creía recordar de aquella noche.