La yegua que esperaba cada noche

Durante casi veinte años, la vieja yegua había hecho siempre lo mismo.

Cuando el sol comenzaba a desaparecer detrás de las montañas, caminaba lentamente hasta el extremo de la propiedad y se quedaba allí.

Esperando.

No importaba si llovía.

No importaba si hacía frío.

No importaba si durante todo el día apenas había recibido comida suficiente.

Cuando llegaba la tarde, la yegua se colocaba junto a la vieja cerca de madera y miraba fijamente hacia el camino de tierra que conducía al pueblo.

A veces permanecía allí durante horas.

Don Ernesto lo había visto tantas veces que había dejado de preguntarse por qué.

Para él, simplemente era una costumbre absurda de un animal viejo.

Pero aquella noche todo cambió.

El cielo estaba cubierto de nubes y el viento levantaba pequeñas cantidades de polvo sobre el camino. Don Ernesto regresaba de vender unas herramientas cuando vio a la yegua de pie junto a la entrada de la propiedad.

La llamó.

La yegua no se movió.

Entonces encendió las luces del vehículo y comenzó a avanzar lentamente.

Fue en ese instante cuando ocurrió algo que jamás había hecho.

La yegua salió corriendo.

A pesar de sus años, corrió directamente hacia la camioneta.

Don Ernesto frenó con tanta fuerza que el vehículo se detuvo a pocos metros del animal.

—¡¿Qué haces?! —gritó mientras bajaba.

La yegua permaneció inmóvil frente a él.

Estaba respirando con dificultad.

Sus costillas se marcaban bajo el pelaje sucio y su cuerpo mostraba las señales de muchos años de trabajo.

Don Ernesto apretó los dientes.

—Ya basta. Mañana te vendo.

Durante los últimos meses había pensado varias veces en venderla.

Ya no podía trabajar como antes. Ya no podía cargar peso. Apenas podía caminar durante largos periodos.

Y Don Ernesto necesitaba dinero.

Desde la muerte de su esposa, la propiedad se había deteriorado poco a poco. Las reparaciones se acumulaban y cada vez era más difícil mantener los animales.

La yegua, según él, se había convertido en otro problema.

Pero aquella noche, cuando intentó llevarla hacia el establo, ella volvió la cabeza.

Miró nuevamente hacia el camino.

Don Ernesto siguió su mirada.

No había nadie.

Solo oscuridad.

—¿A quién esperas? —murmuró.

La yegua no respondió, por supuesto.

Solo lanzó un relincho bajo.

Don Ernesto la llevó hasta el establo.

Mientras intentaba quitarle una vieja correa de cuero que llevaba alrededor del cuello, sintió que algo duro golpeaba contra su mano.

Se detuvo.

Metió los dedos debajo de la correa y encontró una pequeña cadena.

Tiró de ella.

Un antiguo reloj de bolsillo apareció entre el cuero y el pelo del animal.

Don Ernesto se quedó completamente quieto.

Durante unos segundos no pudo respirar.

Conocía aquel reloj.

Lo había visto cientos de veces.

Era el reloj que perteneció a su esposa.

Su mano comenzó a temblar.

—No puede ser…

Abrió lentamente la tapa.

Dentro había una fotografía diminuta.

La imagen estaba amarillenta por los años, pero todavía podía reconocerla.

Era su esposa.

Mucho más joven.

Sonreía mientras abrazaba a la misma yegua, que entonces era apenas una potranca.

Don Ernesto cerró los ojos.

De pronto recordó una noche que había intentado olvidar durante décadas.

La noche en que su esposa desapareció durante varias horas.

La noche en que regresó llorando.

La noche en que él le preguntó qué había sucedido.

Ella nunca quiso responder.

Solo le dijo que algún día entendería.

Don Ernesto siempre había pensado que aquello era una discusión familiar que no tenía importancia.

Pero ahora tenía aquel reloj en la mano.

El mismo reloj.

El que su esposa llevaba consigo aquella noche.

Miró a la yegua.

El animal lo observaba fijamente.

Como si hubiera estado esperando que él comprendiera algo.

—¿Por qué tienes esto? —susurró.

La yegua giró lentamente hacia la entrada del establo.

Después volvió a mirar el camino.

Don Ernesto sintió un escalofrío.

Salió del establo.

El camino estaba vacío.

Entonces escuchó un sonido.

Muy lejano.

Un golpe metálico.

Luego otro.

Don Ernesto levantó la cabeza.

La yegua comenzó a relinchar desesperadamente.

—¿Qué estás escuchando?

El animal tiró de la cuerda y trató de avanzar hacia el camino.

Don Ernesto soltó la cuerda.

La yegua salió corriendo.

Él la siguió.

Llegaron hasta una vieja curva donde el camino desaparecía detrás de los árboles.

Allí, la yegua se detuvo.

Don Ernesto miró hacia adelante.

No había nadie.

Solo una vieja señal oxidada junto al camino.

Entonces vio algo debajo de ella.

Una pequeña caja de metal.

La recogió.

Estaba cubierta de tierra.

En la tapa había una fecha.

La misma fecha en que su esposa había desaparecido durante aquellas horas.

Don Ernesto abrió la caja.

Dentro había una fotografía.

Pero esta vez no era una fotografía de su esposa.

Era una fotografía de un niño.

Un niño que Don Ernesto reconoció inmediatamente.

Era él.

Cuando tenía apenas ocho años.

Detrás de la fotografía había una frase escrita a mano.

Don Ernesto acercó la imagen a la luz.

Leyó las primeras palabras.

Y dejó caer la caja.

La yegua permaneció inmóvil.

El hombre miró hacia ella con el rostro completamente desencajado.

Porque finalmente entendió por qué el animal había esperado frente al camino durante tantos años.

Y también comprendió que el secreto de su esposa no tenía que ver con la yegua.

Tenía que ver con él.

Don Ernesto volvió a mirar la fotografía.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Entonces… aquella noche… tú sabías que…

La frase quedó suspendida en el aire.

La yegua lanzó un último relincho y miró hacia la oscuridad.

Don Ernesto levantó lentamente la vista.

Al otro lado del camino acababa de encenderse una luz.

Y alguien estaba caminando hacia ellos.

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